Arguedas y Hobsbawm
Notas sobre un encuentro (lima, 1962).Era la primera vez que Hobsbawm visitaba América del Sur como parte de una investigación sobre cambios en sociedades agrarias... Leer más
Dentro del panteón de líderes que han abrazado la comunicación a través de los 140 caracteres, Hugo Chávez, el desaparecido presidente venezolano, se encuentra en la cima. Desde que abriera una cuenta en Twitter tres años atrás, el Presidente Chávez se comunicó con sus contactos con un promedio de 12 mensajes semanales, casi todos ellos desde un BlackBerry. Tuvo más de cuatro millones de seguidores y fue el segundo líder más seguido en Twitter, luego del Presidente Obama, a quien Chávez alguna vez llamó “payaso”. En un tweet, Chávez condenó a Obama y su “gobierno imperialista gringo”.
La grandiosidad y verborrea de Chávez se hacían presentes en exclamaciones con mensajes revolucionarios como “!No existe pobreza en Venezuela! El capitalismo es fábrica de pobreza”. Sus tweets también expresaban su predilección por el fútbol y una cálida, acaso paternalista, conexión con los ciudadanos. El verano pasado premió a su seguidores tres millones, una mujer de 19 años, con un nuevo departamento.
Además de una horripilante tasa de crímenes y una deteriorada economía, el legado de Chávez incluye su posición como el líder mundial socialista del social media, lo que ayudó a rejuvenecer un envejecido movimiento y darle la “inmortalidad de la revolución” que proclamara su ídolo el Che Guevara al enfrentar la muerte.
Al tweetear desde su lecho de enfermo en Cuba el mes pasado, Chávez se dirigió a sus seguidores en lo que se ha convertido el mensaje más retweeteado de todos los tiempos: “Hasta la victoria siempre!! Viviremos y venceremos!!”
A continuación, información sobre el uso del Twitter por parte de Chávez.
Cincuenta años atrás, un historiador de bajo perfil que trabajaba en la Universidad de Leeds envió un manuscrito, fuera de fecha y excesivamente largo, a Victor Gollancz, una editorial especializada en ese entonces en temas de no ficción socialista e internacionalista. Nadie podría haber vaticinado la recepción del libro. La formación de la clase obrera de E.P. Thompson se convirtió en un éxito de ventas y de críticas. La demanda por este texto de 800 páginas no es sino sorprendente. En 1968, Pelican Books compró los derechos de La formación y lo publicó en una versión revisada como el libro número 1000 de su catálogo. En menos de una década, se harían cinco reimpresiones. Cincuenta años después, aún sigue imprimiéndose y siendo reverenciado como el trabajo canónico de historia social.
No era el primer libro de Thompson. Una historia de William Morris había aparecido en 1955, pero había recibido la misma indiferencia que conocen muchas de las monografías académicas.
El breve papado de Benedicto XVI pasará a la historia como un punto de inflexión en la relación de la Iglesia Católica con el mundo. Desde los tiempos medievales, los papas han sido no solo el núcleo visible de la fe de los católicos, sino también su baluarte ante lo que ellos consideraban los enemigos de la Iglesia. La ortodoxia católica se construyó como la elaboración intelectual de la fe sencilla de la gente para protegerla de las “amenazas externas” de una modernidad que empezó a dudar de la validez intelectual y la relevancia ética de la fe católica. Muy poco se decía de los problemas internos que afectaban a la Iglesia, y muy pocos se atrevían a plantearlos públicamente. Con Benedicto XVI esto ha comenzado a cambiar.
Desde que era un joven sacerdote, Ratzinger consideró que la defensa de la Iglesia tenía que articularse intelectualmente. Aunque inicialmente se codeó con la generación de teólogos progresistas de Vaticano II, con el tiempo empezó a virar hacia posturas conservadoras. Como cardenal, se convirtió en el adalid de la doctrina ortodoxa de la Iglesia, pero con una notable profundidad teológica. A pesar de ello, corrientes progresistas como la Teología de la Liberación, sufrieron su implacable desaprobación. En verdad, Ratzinger fue un casi “vicepapa” durante el reinado de Juan Pablo II, pues mientras este conquistaba con su carisma a las masas, Ratzinger controlaba férreamente la estructura interna de la Iglesia. Ya como Benedicto XVI, tuvo que enfrentar dos crisis que se habían estado incubando en las entrañas de la Iglesia: la pederastia de algunos sacerdotes y el oscuro manejo de las finanzas vaticanas. Ante ello, intentó asumir el rol de moralizador, pero no contó con el respaldo de la jerarquía, lo que precipitó su renuncia.
El capital acostumbraba vendernos visiones del mañana. En la Feria Mundial de Nueva York en 1939, las corporaciones exhibieron nuevas tecnologías: nylon, aire acondicionado, lámparas fluorescentes, y el impresionante View-Master. Pero más que productos, lo que se ofreció en un ambiente marcado por la post-Gran Depresión y a punto de iniciar una guerra mundial fue el ideal de una clase media asociada al descanso y la abundancia. El paseo por Futurama llevaba a los asistentes por versiones en miniatura de paisajes completamente alterados, los cuales mostraban nuevos rascacielos y proyectos en desarrollo: el mundo del futuro. Era una manera visceral de renovar la fe en el capitalismo.
En la víspera de la Segunda Guerra Mundial, parte de esta visión se hizo realidad. El capitalismo floreció nuevamente y, aun con ciertas disparidades, los trabajadores norteamericanos hicieron notables progresos. Presionado desde abajo, el estado fue administrado –no destruido- por reformadores, y el compromiso de clase, no la lucha de clases, aceleró el crecimiento económico y brindó una prosperidad difícil de imaginar.
La explotación y opresión no desaparecieron, pero el sistema parecía no solo poderoso y dinámico sino que podía reconciliarse con los ideales democráticos. El progreso, no obstante, estaba en retirada. La social democracia enfrentó la crisis estructural de los años 1970, que Michael Kalecki, autor the The Political Aspects of Full Employment, había vaticinado décadas atrás. Las altas tasas de empleo y la protección brindada por el estado de bienestar no calmaban a los trabajadores sino que motivaban a incrementar sus demandas salariales. Los capitalistas se mantuvieron unidos en los buenos tiempos, pero con la estanflación (stagflation) –la intersección de bajo crecimiento con inflación al alza- y el embargo de la OPEC, se abrió una nueva crisis.
Existe la tendencia a pensar que después del 9/11 y el inicio de las operaciones militares norteamericanas en Medio Oriente, América Latina fue desplazada de la agenda geopolítica de Estados Unidos. Así, después de casi un siglo de vínculos que han ido desde la ayuda humanitaria hasta el apoyo a invasiones y regímenes autoritarios, Washington simplemente habría reorientado sus esfuerzos hacia la región árabe a medida que se hacía más prioritario desactivar la red talibán y contener a países que podrían representar un peligro a futuro para Estados Unidos.
Esta percepción, por cierto, no es del todo exacta: aislar el marco global solo hacia la óptica norteamericana es muy simplista, especialmente en un escenario donde África viene despegando económicamente, China cada vez más se convierte en un rival para EEUU, un lugar antes ocupado por la URSS, ahora una Rusia deseosa de volver a tener un sitial en el ajedrez político. Y, por supuesto, América Latina no escapa a las preocupaciones de Washington, por dos razones complementarias: por el retorno de la izquierda (con todos sus matices y variantes) a los gobiernos de la región y por los esfuerzos de EEUU por integrar a los países aliados en su Guerra Global Contra el Terror.
Greg Grandin analiza este complejo escenario en el siguiente artículo. Grandin es profesor de Historia de New York University y especialista en las relaciones EEUU-América Latina, sobre las cuales ha publicado numerosos libros en los últimos años, de los cuales destacan: The Blood of Guatemala, Empire’s Backyard y Fordlandia.
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