Arguedas y Hobsbawm
Notas sobre un encuentro (lima, 1962).Era la primera vez que Hobsbawm visitaba América del Sur como parte de una investigación sobre cambios en sociedades agrarias... Leer másEl próximo año se cumple el 50 aniversario de la publicación de La formación de la clase obrera en Inglaterra, de E.P. Thompson, publicado por primera vez en inglés en 1963. Sin duda alguna se trata de uno de los libros de Historia más influyentes en el siglo XX. La formación de la clase obrera estableció la agenda para la “nueva historia social” de las décadas de 1960 y 1970, influyendo sobre muchos historiadores y académicos de otras áreas. En el Prefacio al libro, Thompson anotaba las ideas que guiarían a varias generaciones de historiadores: la clase es una relación más que una estructura o una categoría; la clase trabajadora se forjó a sí misma; existía un potencial revolucionario en dicha clase; y, quizás lo de mayor recordación, que la responsabilidad de los historiadores e historiadoras era la de “rescatar” a la gente ordinaria del pasado, especialmente aquellos que habían sido derrotados, de la “enorme condescendencia de la posteridad”, una frase que en la actualidad genera más de 33.000 visitas en google.
Absorbidos como estamos por nuestros propios temas de investigación, muchas veces olvidamos que en ocasiones es necesario salir de estos e intentar hacer un auto-examen de nuestra propia profesión y de lo que hacemos. No es un secreto que, como académicos, odiamos hacer eso: es incómodo y, algunos dirán, inútil. Solo basta, al parecer, hojear los libros de Carr, Febvre, Bloch o Hobsbawm, encontrar alguna cita interesante que nos reconforte y volver nuevamente a los documentos y archivos.
Sin embargo, con cada vez más frecuencia el “oficio de historiador” ha venido siendo puesto a prueba en los últimos meses en coyunturas específicas, como la segunda vuelta electoral, el Colegio de Historiadores, los textos escolares y otros más, en debates que han ocurrido no a través de libros y artículos impresos sino en blogs, posts y comentarios en facebook. El auto-examen es un ejercicio que no termina de consolidarse -la amenaza de un Colegio de Historiadores debió haber motivado una discusión mayor, que finalmente no se dio- pero que creo que estos temas al menos despertaron el interes de un grupo de personas preocupadas por lo que este proyecto significa.
Dentro de esta nueva línea de preocupación por el oficio mismo, me encontré con este texto, breve pero que sintetiza la necesidad por esta renovación y autoanálisis que, como profesionales del pasado, debemos realizar periódicamente. La conformidad siempre es tentadora, pero si lo que queremos es que se tome en cuenta y se respete el trabajo del historiador, entonces no podemos seguir trabajando como lo hemos venido haciendo hasta ahora. Y esta carta abierta, escrita por una colega ayacuchana, puede ser un buen inicio.
Adolfo Hitler no es el único dictador cuyos registros médicos fueron reabiertos esta semana. Como parte de la conferencia anual sobre la muerte de personajes famosos en la Universidad de Maryland, los investigadores han reabierto el caso de Vladimir Lenin, el desaparecido líder soviético de quien se cree murió a causa de la sífilis.
En realidad, esta enfermedad venérea pudo no haber sido la causante de la muerte de Lenin, según informa Associated Press:
El padre del líder bolchevique falleció a los 54 años y ambos pueden haber sufrido el atrofiamiento de las arterias. El estrés es también un factor de riesgo para sufrir ataques, y no hay duda alguna que el líder comunista estaba bajo mucho estrés, afirmó el neurólogo Harry Vinters, de UCLA.
“Siempre hubo alguien intentando asesinarlo”, dijo Vinters.
En el mundo académico norteamericano se denomina “middle period” al periodo que va desde el apogeo de los Borbones hasta la consolidación de los estados nacionales a fines del siglo XIX. Pese a que puede ser un término que no circula mucho fuera del mundo anglosajón, vale la pena discutir sus alcances.
Una de sus principales ventajas, a mi entender, es que rompe con el marco cronológico al que estamos acostumbrados a analizar la historia de la región: reformas borbónicas, Independencia, post-Independencia y formación del Estado-nación. Se trata de etapas que han sido estudiadas de manera separada una de otra, teniendo al Estado-nación como una suerte de paradigma al que todos los países debían haber llegado. Pero el mayor problema que encuentro en esta secuencia es el de poner la Independencia como un quiebre que marca un antes y después en los países latinoamericanos.
Solo desde la década de 1990 con los trabajos de Francois-Xavier Guerra se comenzó a repensar el periodo de Independencia llevándolo más atrás, hacia la época de las Cortes de Cádiz. Se trató de un desplazamiento afortunado: ahora sí era posible analizar más de cerca el quiebre de la metrópoli y la manera en que las posesiones ultramarinas entraban en un circuito de negociación transatlántica y a la vez transcolonial. Veinte años después de la propuesta de Guerra, ninguna otra propuesta parece haber sido tan ambiciosa y tan poco aprovechada -con notables excepciones, por supuesto-, pues las mismas limitaciones metodológicas persisten: seguimos pensando el espacio colonial americano como si fuesen países autónomos y regiones sin contacto entre ellas.
La existencia de dos “Alemanias” se hizo visible durante la reciente controversia que involucró a Gunter Grass y sus comentarios respecto de Israel como una amenaza al orden mundial. De un lado se encontraban las élites políticas e intelectuales que condenaron los comentarios del novelista. Del otro se hallaba el público, que simpatizó con Grass y su queja sobre un “garrote” que blandía sobre el pasado alemán.
Ahora, Alemania está tomando la iniciativa en lo que se llama la “normalización”. El estado de Bavaria ha anunciado que en 2015 publicará Mein Kampf, de Adolfo Hitler, que apareció por primera vez en 1925. Un segundo volumen fue lanzado en 1926. El libro fue escrito en la prisión de Landsberg, donde Hitler fue encarcelado luego del fallido putsch de la cervecería en 1923.
Se podría decir que Hitler fue hecho en Bavaria. Dejó Austria para servir en el Reichwer antes que en el ejército austríaco, en el cual fue obligado a enlistarse. Luego de la Primera Guerra Mundial, Hitler comenzó su ascenso en Bavaria, donde lanzó el golpe de estado que fue apoyado por numerosos aristócratas locales, incluyendo los Bechsteins, quienes ayudaron a financiar el Partido Nazi. Bavaria fue la cuna de movimientos de la derecha en la post-guerra, de los cuales Hitler participó con el Partido Nazi. su talento, que no ha sido reconocido en Alemania, fue el de unificar los varios grupos dispersos en una poderosa organización. Munich incluso llegó a ser considerada como la “Haupstadt der Bewegung”, la capital del movimiento. De modo que Bavaria tiene mucho que contemplar y lamentarse cuando mira a su pasado.
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