Benedicto, el Papa que se agotó; por Juan Fonseca Ariza

Escrito por José Ragas. Posteado en Historiadores

El breve papado de Benedicto XVI pasará a la historia como un punto de inflexión en la relación de la Iglesia Católica con el mundo. Desde los tiempos medievales, los papas han sido no solo el núcleo visible de la fe de los católicos, sino también su baluarte ante lo que ellos consideraban los enemigos de la Iglesia. La ortodoxia católica se construyó como la elaboración intelectual de la fe sencilla de la gente para protegerla de las “amenazas externas” de una modernidad que empezó a dudar de la validez intelectual y la relevancia ética de la fe católica. Muy poco se decía de los problemas internos que afectaban a la Iglesia, y muy pocos se atrevían a plantearlos públicamente. Con Benedicto XVI esto ha comenzado a cambiar.

Desde que era un joven sacerdote, Ratzinger consideró que la defensa de la Iglesia tenía que articularse intelectualmente. Aunque inicialmente se codeó con la generación de teólogos progresistas de Vaticano II, con el tiempo empezó a virar hacia posturas conservadoras. Como cardenal, se convirtió en el adalid de la doctrina ortodoxa de la Iglesia, pero con una notable profundidad teológica. A pesar de ello, corrientes progresistas como la Teología de la Liberación, sufrieron su implacable desaprobación. En verdad, Ratzinger fue un casi “vicepapa” durante el reinado de Juan Pablo II, pues mientras este conquistaba con su carisma a las masas, Ratzinger controlaba férreamente la estructura interna de la Iglesia. Ya como Benedicto XVI, tuvo que enfrentar dos crisis que se habían estado incubando en las entrañas de la Iglesia: la pederastia de algunos sacerdotes y el oscuro manejo de las finanzas vaticanas. Ante ello, intentó asumir el rol de moralizador, pero no contó con el respaldo de la jerarquía, lo que precipitó su renuncia.

Por qué las ideas de Marx son más importantes que nunca en el siglo 21

Escrito por José Ragas. Posteado en Especiales

El capital acostumbraba vendernos visiones del mañana. En la Feria Mundial de Nueva York en 1939, las corporaciones exhibieron nuevas tecnologías: nylon, aire acondicionado, lámparas fluorescentes, y el impresionante View-Master. Pero más que productos, lo que se ofreció en un ambiente marcado por la post-Gran Depresión y a punto de iniciar una guerra mundial fue el ideal de una clase media asociada al descanso y la abundancia. El paseo por Futurama llevaba a los asistentes por versiones en miniatura de paisajes completamente alterados, los cuales mostraban nuevos rascacielos y proyectos en desarrollo: el mundo del futuro. Era una manera visceral de renovar la fe en el capitalismo.

En la víspera de la Segunda Guerra Mundial, parte de esta visión se hizo realidad. El capitalismo floreció nuevamente y, aun con ciertas disparidades, los trabajadores norteamericanos hicieron notables progresos. Presionado desde abajo, el estado fue administrado –no destruido- por reformadores, y el compromiso de clase, no la lucha de clases, aceleró el crecimiento económico y brindó una prosperidad difícil de imaginar.

La explotación y opresión no desaparecieron, pero el sistema parecía no solo poderoso y dinámico sino que podía reconciliarse con los ideales democráticos. El progreso, no obstante, estaba en retirada. La social democracia enfrentó la crisis estructural de los años 1970, que Michael Kalecki, autor the The Political Aspects of Full Employment, había vaticinado décadas atrás. Las altas tasas de empleo y la protección brindada por el estado de bienestar no calmaban a los trabajadores sino que motivaban a incrementar sus demandas salariales. Los capitalistas se mantuvieron unidos en los buenos tiempos, pero con la estanflación (stagflation) –la intersección de bajo crecimiento con inflación al alza- y el embargo de la OPEC, se abrió una nueva crisis.

América Latina y Estados Unidos: de la Guerra Fría a la Guerra Global Contra el Terror, por Greg Grandin

Escrito por José Ragas. Posteado en Especiales

Existe la tendencia a pensar que después del 9/11 y el inicio de las operaciones militares norteamericanas en Medio Oriente, América Latina fue desplazada de la agenda geopolítica de Estados Unidos. Así, después de casi un siglo de vínculos que han ido desde la ayuda humanitaria hasta el apoyo a invasiones y regímenes autoritarios, Washington simplemente habría reorientado sus esfuerzos hacia la región árabe a medida que se hacía más prioritario desactivar la red talibán y contener a países que podrían representar un peligro a futuro para Estados Unidos.

Esta percepción, por cierto, no es del todo exacta: aislar el marco global solo hacia la óptica norteamericana es muy simplista, especialmente en un escenario donde África viene despegando económicamente, China cada vez más se convierte en un rival para EEUU, un lugar antes ocupado por la URSS, ahora una Rusia deseosa de volver a tener un sitial en el ajedrez político. Y, por supuesto, América Latina no escapa a las preocupaciones de Washington, por dos razones complementarias: por el retorno de la izquierda (con todos sus matices y variantes) a los gobiernos de la región y por los esfuerzos de EEUU por integrar a los países aliados en su Guerra Global Contra el Terror.

Greg Grandin analiza este complejo escenario en el siguiente artículo. Grandin es profesor de Historia de New York University y especialista en las relaciones EEUU-América Latina, sobre las cuales ha publicado numerosos libros en los últimos años, de los cuales destacan: The Blood of Guatemala, Empire’s Backyard y Fordlandia.

Historia, Archivos e Internet, por Jean-Claude Robert

Escrito por José Ragas. Posteado en Historia Digital

La relación de los historiadores con los archivos es algo que se asume, pero esta impresión suele provocar más de una confusión. En todo el mundo, la construcción de colecciones de archivo supone un complejo proceso de selección y destrucción. Los historiadores no suelen conocer este proceso, creyendo que todos los documentos son conservados. La evolución de la historiografía y el cuestionamiento de los archivos por los filósofos no se pueden ignorar, pues han cambiado la relación entre historiadores y archivos. Pero la construcción de archivos futuros sucede hoy, y los historiadores deben estar preparados para esa operación.

El papel de los archiveros es central, antes solían recibir formación básica en historia, pero desde los años 1950 están cada vez más implicados con otras disciplinas, así biblioteconomía y ciencias de la información, formándose como profesionales en una nueva disciplina. Los historiadores deben conocer esta realidad y prepararse a trabajar con los archiveros en pie de igualdad, sabiendo lo que estos hacen, uniéndose a ellos para crear las futuras colecciones de archivo. En fin, se proporciona una mirada a la evolución de Internet como una adición, o mejor como una extensión de las riquezas de los archivos

En busca de Ricardo III

Escrito por José Ragas. Posteado en Especiales

Estos son huesos de la realeza. Investigadores de la Universidad de Leicester de Gran Bretaña confirmaron que los restos de un esqueleto descubierto en setiembre debajo de una zona de estacionamiento pertenecen a Ricardo III, un monarca que reinó por un breve periodo de dos sangrientos años antes de ser muerto en batalla en 1485. Los estudios históricos han corroborado la ubicación del lugar de su entierro; las pruebas de ADN realizadas a uno de sus descendientes directos –un fabricante de muebles de Londres- apoyó la evidencia forense. “La Universidad de Leicester ha concluido, más allá de la duda razonable, que el individuo desenterrado… es Ricardo III, el último rey de Inglaterra de la dinastía de los Plantagenet”, dijo Richard Buckley, el arqueólogo principal.

Pero ahora que hemos establecido –o que al menos creemos haberlo hecho- la identidad de los restos, ¿qué sabemos de la figura histórica que alguna vez les dio vida? Ricardo III murió en la batalla de Bosworth Field en 1485 cuando su ejército había sido derrotado por las fuerza de Henry Tudor, un rival que aspiraba al trono y que habría de convertirse en Enrique VII. Un siglo después, William Shakespeare lo inmortalizaría los momentos finales en Ricardo III cuando este lucha a pie luego de haber perdido su cabalgadura: “Un caballo, un caballo, mi reino por un caballo”. (…)

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