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¿Pueden los historiadores predecir el futuro?

 

Si hay algo que no debemos agradecerle a Nate Silver es haber acertado, con un grado de certeza que no deja de sorprendernos, los resultados de las recientes elecciones presidenciales en Estados Unidos que le otorgaron un segundo mandato a Barack Obama. Y lo digo en buena onda, porque las dotes analíticas de Silver han instaurado una ecuación que no siempre es bienvenida, al acercar la estadística con la predicción. Así, la certeza se ha instaurado como el resultado evidente de fórmulas estadísticas y la aplicación de determinados métodos científicos.

Pero esto ha coincidido con una preocupación extendida hacia las ciencias sociales, y la cual busca o exige que estas tengan un grado de certeza respecto de los eventos que podrían ocurrir en el futuro próximo. Las ciencias políticas ya han sido objeto de debate respecto a su potencial para predecir hechos próximos, como se puede leer en La ciencia política y su incapacidad de predicción, de Jacqueline Stevens. No se trata de una demanda aislada. En realidad, es una exigencia que ha venido tomando forma en los últimos años ante la necesidad y preocupación por obtener certezas en lo que parece ser un desorden mundial de hechos y eventos actuales.

Por supuesto, la historia no puede ser ajena a estas preocupaciones y debates. Dado que por mucho tiempo los historiadores hemos tratado de señalar que nuestro fuero es el análisis del pasado, la creciente demanda por romper este marco temporal va a llevarnos, más temprano que tarde, a replantear los fundamentos metodológicos del oficio, si es que no lo viene haciendo ya. Como una manera de introducir este debate, el post de Jacob Darwin Hamblin, doctor en Historia por UC Santa Barbara y actualmente Profesor Asociado de State Oregon University, se centra en plantear las restricciones que implica aventurarse a predecir el futuro, aun cuando conozcamos con detalle un contexto en particular.

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Fractured Times. Culture and Society in the 20th Century (2013), el nuevo libro de Eric Hobsbawm

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Aun cuando sabíamos que el historiador británico se encontraba mal de salud y que sus 91 años escondían un dinamismo que nos hacía pensar que podía vivir por más tiempo, la muerte de Eric Hobsbawm en octubre de 2012 nos sorprendió como algo inesperado. Y la ausencia de Hobsbawm se comenzó a hacer más notoria ya que se trataba de un académico que no solo había expandido sino dinamitado las convenciones asociadas comúnmente a los profesionales del pasado que trabajan desde un ámbito académico.

En primer lugar, fue el historiador que más vigencia y alcance tuvo. Ningún otro historiador ha tenido una presencia tan amplia geográfica o temporal, y que haya sido leído indistintamente por el hombre de la calle o por un presidente como Lula, de Brasil, que recomendaba sus obras de manera entusiasta. Asimismo, Hobsbawm se mantuvo siempre en pleno ejercicio académico, no solo escribiendo sino dando entrevistas sobre temas de actualidad, aun cuando su movilidad física era limitada debido a su avanzada edad. En segundo lugar, la mirada amplia de Hobsbawm consideraba el pasado como una unidad integral de la experiencia humana, de la cual no podían excluirse ni la cultura ni otros fenómenos. Aun siendo marxista, Hobsbawm era lo bastante hábil para no reducir la historia a solo lo político y económico. Este interés por la cultura provenía de muy atrás, cuando fue crítico de jazz para la revista New Statesman, un gusto que se puede apreciar en obras como Age of Extremes, Uncommon PeopleThe Jazz Scene.

Ambas características, entre muchas otras que hicieron de él una de las figuras más importantes del siglo que terminó, vuelven a acompañarnos en Fractured Times. Culture and Society in the 20th Century (2013). Se trata de una colección de ensayos que Hobsbawm había dejados listos poco antes de morir y que ahora aparecen bajo la forma de libro. A juzgar por los adelantos que han aparecido en la web y las reseñas en la prensa, se trata de una de las mejores obras del historiador británico. Hemos traducido el “Prefacio” completo, que explica el propósito del libro y los ensayos que lo integran.

 

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E.P. Thompson, el historiador inconformista; por Emma Griffin

Cincuenta años atrás, un historiador de bajo perfil que trabajaba en la Universidad de Leeds envió un manuscrito, fuera de fecha y excesivamente largo, a Victor Gollancz, una editorial especializada en ese entonces en temas de no ficción socialista e internacionalista. Nadie podría haber vaticinado la recepción del libro. La formación de la clase obrera de E.P. Thompson se convirtió en un éxito de ventas y de críticas. La demanda por este texto de 800 páginas no es sino sorprendente. En 1968, Pelican Books compró los derechos de La formación y lo publicó en una versión revisada como el libro número 1000 de su catálogo. En menos de una década, se harían cinco reimpresiones. Cincuenta años después, aún sigue imprimiéndose y siendo reverenciado como el trabajo canónico de historia social.

No era el primer libro de Thompson. Una historia de William Morris había aparecido en 1955, pero había recibido la misma indiferencia que conocen muchas de las monografías académicas.

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Benedicto, el Papa que se agotó; por Juan Fonseca Ariza

El breve papado de Benedicto XVI pasará a la historia como un punto de inflexión en la relación de la Iglesia Católica con el mundo. Desde los tiempos medievales, los papas han sido no solo el núcleo visible de la fe de los católicos, sino también su baluarte ante lo que ellos consideraban los enemigos de la Iglesia. La ortodoxia católica se construyó como la elaboración intelectual de la fe sencilla de la gente para protegerla de las “amenazas externas” de una modernidad que empezó a dudar de la validez intelectual y la relevancia ética de la fe católica. Muy poco se decía de los problemas internos que afectaban a la Iglesia, y muy pocos se atrevían a plantearlos públicamente. Con Benedicto XVI esto ha comenzado a cambiar.

Desde que era un joven sacerdote, Ratzinger consideró que la defensa de la Iglesia tenía que articularse intelectualmente. Aunque inicialmente se codeó con la generación de teólogos progresistas de Vaticano II, con el tiempo empezó a virar hacia posturas conservadoras. Como cardenal, se convirtió en el adalid de la doctrina ortodoxa de la Iglesia, pero con una notable profundidad teológica. A pesar de ello, corrientes progresistas como la Teología de la Liberación, sufrieron su implacable desaprobación. En verdad, Ratzinger fue un casi “vicepapa” durante el reinado de Juan Pablo II, pues mientras este conquistaba con su carisma a las masas, Ratzinger controlaba férreamente la estructura interna de la Iglesia. Ya como Benedicto XVI, tuvo que enfrentar dos crisis que se habían estado incubando en las entrañas de la Iglesia: la pederastia de algunos sacerdotes y el oscuro manejo de las finanzas vaticanas. Ante ello, intentó asumir el rol de moralizador, pero no contó con el respaldo de la jerarquía, lo que precipitó su renuncia.

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Cómo postular a becas de investigación

Hace unos días, fui a abrir un documento con las fechas de entrega de becas, solo para percatarme que le había puesto un título equivocado. No me entusiasma mucho postular a becas y pedir financiamiento; en realidad, me desagrada. Una vez me senté en la oficina de mi asesora y le conté que me sentía como un fraude cada vez que comenzaba una postulación. Ella me miró y dijo: “Necesitas pensar en una postulación a una beca como un ejercicio de escritura creativa”. Así que abrí Orgullo y Prejuicio, de Jane Austen, en busca de inspiración. Tengo un particular respeto por escribir propuestas, similar a la actitud de Mr. Bennet hacia los nervios de la señora Bennet: “Tengo a tus nervios en mi más alta estima. Son viejos amigos míos. Los he escuchado mencionar con consideración por los últimos veinte años cuando menos”.

Considero también a las postulaciones como viejos amigos que veo una y otra vez mientras los reviso uno a uno para que encajen en lo que pide cada institución. No puedo decir que siento aprecio por postulaciones que invitan a venderme a mí misma y a mi proyecto en cinco páginas o menos. Pero admito que escribir propuestas es un arte que todos los estudiantes de posgrado necesitan perfeccionar, debido que la necesidad por financiamiento externo merodea como un acompañante permanente.

Todos los estudiantes graduados deben aplicar a becas. Incluso si eres afortunado de contar con ayuda financiera de tu Departamento, deberías tener al menos algunas becas en tu CV para demostrar que has recibido ayuda externa para tu investigación. Muchos estudiantes no cuentan con el financiamiento de sus Departamentos, con lo cual postular a becas no es una elección sino una necesidad.

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