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[Intro] La seducción de la clase obrera. Trabajadores, raza y la formación del Estado peruano, de Paulo Drinot

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En 1927, en su discurso de despedida como director de la Escuela de Artes y Oficios de Lima, Francisco Alayza Paz Soldán se dirigió a la audiencia compuesta de respetables y graduandos con las siguientes palabras:

El Perú ha iniciado una época industrial. El número de industrias con que cuenta así como la calidad y cantidad de artículos que produce, crecen cada año […] Esbozaré en breve síntesis la evolución y características de la industria moderna, de la gran industria, mostrando los progresos alcanzados por el maquinismo y los inmensos bienes que la civilización nos ha aportado. Terminaré emitiendo algunas ideas sobre las consecuencias de esta industria y sobre las disolventes doctrinas sociales derivadas del progreso, doctrinas que carecen por completo de fundamento en el país. (1)

 

Por supuesto, Alayza Paz Soldán estaba equivocado: el Perú no había iniciado a una era industrial y no lo haría, en forma significativa, en todo el siglo XX. (2) Sus palabras eran expresión, no de una realidad visible, sino de una aspiración que se basaba en dos ideas clave compartidas por los miembros progresistas de la élite y relacionadas con el desarrollo económico y político del país. En primer lugar, la idea de que el Perú necesitaba industrializarse si quería convertirse en una nación moderna y civilizada. Todos los países modernos y civilizados, indicaban, habían pasado por ese proceso. Por lo tanto, hasta que el Perú no se industrializase, no sería una nación civilizada. En concordancia con esto, unos pocos años antes, en 1915, el editorial del primer número de Industria, el periódico de la Sociedad Nacional de Industrias (SNI), proclamaba: «Nosotros nos proponemos demostrar que tener industria no es tener objeto de lujo u objeto de vanidad. Que la industria es el país. Que sin industria no hay nación».(3) En segundo lugar, la idea de que, aunque la industria era clave para construir una nación, la industrialización tenía un «lado oscuro». La experiencia de las naciones industriales en Europa y Norteamérica demostraba que este proceso invariablemente provocaba la propagación de ideologías subversivas, que daban lugar a disturbios sociales —lo que vino a llamarse en el Perú y otras partes, «la cuestión obrera».

Alayza Paz Soldán y otros social progresistas sabían que enfrentaban un dilema. La industrialización podía transformar el Perú en una nación civilizada, con visión de futuro, pero al mismo tiempo, podía sembrar las semillas de su destrucción. Para esta élite «modernizante», ese era un riesgo que valía la pena correr. De hecho, como muestro en este libro, y hasta lo que ella sabía, no había otra opción. Esto se representó gráficamente en la carátula de la segunda edición de Industria Peruana, el renovado y rebautizado periódico de la SNI, publicado a fines de 1931. La imagen, de A. G. Rossell, es la de un obrero de pie, vestido con overol y calzado con pesadas botas, junto a un «indio» de poncho y chullo, sentado, que sostiene lo que parecen ser hojas de coca en su mano. El obrero, de fenotipo blanco/mestizo, ha puesto su mano izquierda en el hombro del indio y extiende la derecha para llamar su atención sobre el fondo, que consiste en una fábrica con chimeneas que arrojan humo negro, y carros y camiones delante de ella. La imagen misma está flanqueada por más representaciones de la industria, que incluyen otras fábricas, torres de perforación petrolera y caña de azúcar, así como una embarcación en el horizonte. Para completar la alegoría, la leyenda «Proteger las Industrias Nacionales es Contribuir a la Prosperidad del País» corre verticalmente a cada lado del dibujo.(4)

Sin duda, el editorial de 1915, el discurso de Alayza Paz Soldán de 1927 y la imagen de 1931 reflejan los particulares intereses sectoriales de los industriales peruanos. Pero también ilustran las maneras en que, a inicios del siglo XX, la élite peruana comprendió el rol de la industrialización y la promesa de un futuro vinculado con ella en formas «racializadas».

Portada_-Drinot_ALTA_bajaEstos diversos «textos» se combinan para presentar un claro proyecto de élite sobre redención y civilización nacionales a través de la industrialización y, en específico, sobre el efecto de ese proceso en la población. La industrialización, más que un proyecto económico, emerge como una aspiración cultural. Como sugiere la imagen de 1931, la élite peruana la comprendió como la encarnación de un plan de mejoramiento racial. Al igual que los afiches de propaganda de la Europa fascista y del régimen soviético, la imagen señala la identificación del progreso nacional con la creación de un nuevo hombre.(5) En el caso del Perú, la élite identificó este progreso con un nuevo Homo faber, expresión de un entendimiento fuertemente racializado de «la industrialización como progreso». La imagen del indio y el obrero, representando el pasado/presente y el futuro, respectivamente, articula la creencia de la élite en el poder transformativo de la industrialización, pero claramente ubica este cambio, no en la esfera de la economía, sino en la de la raza/cultura. El poder (¿la magia?) de la industria, sugiere la imagen, reside en su capacidad de transformar a las atrasadas poblaciones indígenas en trabajadores industriales blancos/mestizos civilizados. La imagen, entonces, puntualiza la naturaleza y condiciones de la ciudadanía: esta es no-indígena y, por lo tanto, es blanca/mestiza. De esta manera, la nación peruana solo se constituiría una vez que la industrialización hubiera transformado a los indios en obreros. En otras palabras, el surgimiento de la nación industrial provocaría la eliminación del indígena.

La hipótesis central de este libro es que la política laboral peruana de inicios del siglo XX reflejó y se configuró sobre la base de presupuestos que fueron el producto de una comprensión racializada de la sociedad. Aunque esto se nutrió de procesos comunes a muchos otros países en la primera mitad del siglo XX, la política laboral en el Perú fue objeto de particulares modulaciones locales y solo puede comprenderse cuando se la incluye en un más amplio análisis del también racializado proceso de formación del Estado-nación. Específicamente, esta política fue configurada por ideas racializadas acerca de la naturaleza del trabajo y la de los obreros y, en particular, por el supuesto racializado de que la industrialización y el surgimiento de una fuerza de trabajo industrial traerían «la civilización» al Perú. En concreto, este libro argumenta que la política laboral en el Perú de inicios del siglo XX fue expresión de un conjunto de creencias que asociaron, por un lado, el futuro progreso del Perú y la civilización con la industrialización y la cuestión obrera, con todos sus defectos; y, por otro, el atraso del país con el carácter predominantemente indígena y rural de su población y, por lo tanto, con una raza inferior, lo que vino a conocerse como la cuestión (o el problema) del indio. En suma, la política laboral en el Perú comenzó a desempeñar un rol central en un más amplio proceso de formación del Estado-nación, a causa de la forma en que la clase obrera fue racializada: de alguna manera, la cuestión obrera comenzó a verse como una solución a la todavía más preocupante cuestión del indio. Esa fue la seducción de la clase obrera a la que el título de este libro se refiere.

Con esta investigación, busco contribuir a la historia del movimiento obrero peruano y plantear nuevas formas de estudiarla, considerando que este ha sido un campo largamente ignorado por los investigadores en las dos últimas décadas. La seducción de la clase obrera desafía la construcción binaria de la sociedad peruana como dos mundos desconectados y antagónicos, uno costeño y blanco/mestizo, y el otro andino e indígena, una noción que la mayor parte de historiadores del Perú, en particular los que se ocupan del siglo XX y del movimiento obrero, no ha cuestionado. Aun siendo una importante contribución historiográfica, los estudios locales y regionales realizados en aumento desde la década de 1980 han ayudado a promover esta supuesta desconexión entre los «dos Perúes», a causa de su tendencia a centrarse, o bien en las regiones andinas, o bien en las costeñas.(6) Basándome en el trabajo de antropólogas tales como Deborah Poole y Marisol de la Cadena, que han demostrado cómo las ideas sobre «la raza» articulaban estos mundos aparen-temente separados, planteo que la política laboral reflejaba presupuestos ra-cializados que fueron el producto de ideas acerca del Perú de la costa y el Perú de los Andes, el Perú urbano y el Perú rural, el blanco/mestizo y el indígena.(7)

La seducción de la clase obrera explora las formas en que la élite peruana imaginó y desarrolló la política laboral, y en general, el arte de gobernar, como una forma de superar la naturaleza binaria de la sociedad peruana al «incorporar», tanto figurativa como literalmente —tal como lo sugiere la carátula de Industria Peruana—, lo andino en la costa y al indígena en el blanco/mestizo, a través de la industrialización del país y la creación de trabajadores «modernos».(8)

(Continúa…)

Notas

1. Alayza Paz Soldán, La industria moderna, 16.
2. En 1931, con una población de alrededor de seis millones de habitantes, el Perú era aún un país abrumadoramente rural. La ciudad más grande, Lima (que incluía el cercano puerto del Callao), tenía una población de 370.000 habitantes. Las diez ciudades pro-vinciales más grandes apenas tenían una población combinada de 250.000 habitantes. Gurney, Report on the Economic Conditions in Peru. De hecho, la mayoría de peruanos, alrededor del 60% en 1876 y el 63% en 1940, eran empleados en actividades agrícolas (como se registra en los únicos dos censos nacionales realizados en el periodo), y algunas de estas se realizaban en asentamientos urbanos. Según el censo de 1940, el empleo en «manufactura» representaba el 15% del total del empleo (si añadimos «comunicación», «transporte» y «minería», el total se eleva a 19%), más o menos lo mismo que el empleo en el sector de servicios («gobierno», «servicios» y «comercio» combinados), y solo un cuarto de la población trabajaba en agricultura. Por otra parte, probablemente alrededor de la mitad de los 360.000 trabajadores empleados en manufactura en 1940 no eran trabajadores industriales sino, más bien, tejedores de telares manuales, cuya principal actividad económica era la agricultura. De acuerdo con un estimado de 1954, de un total de 500.000 personas empleadas en manufactura, 235.000 eran mujeres que producían tejidos en esa clase de telares. Burgess y Harbison, Casa Grace in Peru, 14.
3. Industria 1, n.º 1 (11 de diciembre de 1915).
4. Industria Peruana 1, n.º 1 (noviembre de 1931). Las similitudes en composición entre esta imagen y la fotografía en la carátula de Indigenous Mestizos de Marisol de la Cadena, donde la posición/rol del obrero es asumida por un intelectual indigenista, son notables. Si Rossell dibujó inspirado en la fotografía, se desconoce. Vale la pena señalar que la in-teracción entre el intelectual y el indio en la fotografía es mucho más limitada que la que hay entre el obrero y el indio en el dibujo. Véase De la Cadena, Indigenous Mestizos.
5. Véase Bonnell, Iconography of Power. También, para un periodo más tardío y un régimen diferente, Evans y Donald, Picturing Power.
6. Dos importantes excepciones a esta visión dicotómica son el estudio de David Nugent sobre la formación del Estado-nación en Chachapoyas y la historia de la clase media de Lima de David Parker, que me han influido al investigar la historia peruana. Véanse Nugent, Modernity at the Edge of Empire, y Parker, The Idea of the Middle Class.
7. Véanse Poole, Vision, Race and Modernity; De la Cadena, Indigenous Mestizos.
8. Al hacerlo, elaboro sobre la base del estudio de varios historiadores de la interacción entre la construcción de la nación y el arte de gobernar en el Perú del siglo XIX.

* La seducción de la clase obrera. Trabajadores, raza y la formación del Estado peruano (Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 2016) será presentado este jueves 9 de junio en Horacio Urteaga 694 – Lima a las 7 pm. Agradecemos al Instituto de Estudios Peruanos y al autor por permitir la reproducción de este texto.

* Cuando se pensó que la industrialización ‘modernizaría’ a los indígenas peruanos.

Reseña de Alberto Vergara: La inclusión de la exclusión.

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José Ragas
Soy Ph.D. en Historia por la Universidad de California, Davis y Mellon Postdoctoral Fellow en el Departament of Science & Technology Studies en Cornell University. Mi investigación se centra en la formación de sistemas biométricos y tecnologías de identificación. Para conocer más sobre mis investigaciones, pueden visitar mi perfil o visitar mi website personal: joseragas.com.
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