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José Luis Rénique Archives - Historia Global Online

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Especiales

Alberto Flores Galindo (1949-1990). Homenaje y testimonios

Aún cuando mi generacion no llegó a conocerlo, la presencia de Flores Galindo ha gravitado sobre esta de una manera como ningún otro historiador peruano lo ha hecho. Ni siquiera Basadre, cuya imagen afable esta más cercana a una solemnidad que invita a la distancia mas no al entusiasmo. Quizás Macera pudo haber compartido ese espacio para la irreverencia y la complicidad. Pero su opción política (el fujimorismo) así como su posterior ostracismo personal en la última década nos privaron de otra mente tan filuda como necesaria.

¿Como explicar entonces la persistencia de Flores Galindo, en un medio en el que la historia parece ser confinada a la memorizacion o a la anécdota pintoresca? En primer lugar, esta se debe a que su obra no se limitó a los estrechos marcos que la comodidad pretende darle a la Historia al convertirla tan solo en el análisis del pasado. Para él, el pasado y el presente se fundían en uno solo, en un espacio imaginario donde el archivo y la calle no se excluían.

En segundo lugar, su rol de transgresor lo llevó a incursionar en esa quimera tantas veces citada pero tan poco practicada que es (¿fue?) la interdisciplinariedad. En una época tan compleja como fascinante como fueron los años setenta y ochenta, en la que las fronteras de la Historia se redefinían constantemente, Flores Galindo supo echar mano de diversos recursos metodológicos hasta encontrar aquel o aquellos que le fuesen más ventajosos al momento de analizar una fuente o proponer una idea. Alguien que citaba por igual a Riva-Agüero y a cineastas como Pasolini o marxistas británicos es dificil de hallar, más aun si sus textos eran leidos por economistas, sociólogos, antropólogos, etc.

Su legado continua vivo, sin lugar a dudas. Como lo mencionábamos en una nota que redactamos entre Jorge Valdez y quien escribe (ver link al final de este post), en el extranjero su obra ha estado circulando desde hace algunos años atrás mientras al interior de las fronteras sus libros se siguen leyendo, por más que falte una edición popular de sus obras para hacerlas más accesibles. Sin embargo, este año de aniversario se va a cerrar con broche de oro, pues se anuncia la versión en inglés de Buscando un Inca, por el sello editorial de Cambridge University Press y con el titulo de In Search of an Inca. Identity and Utopia in the Andes. La traduccion ha corrido a cargo de Carlos Aguirre, Charles Walker y Willie Hiatt.

 

Los testimonios

La idea de rendirle un homenaje a Flores Galindo a traves de este post incluye la de reunir los testimonios de cuatro historiadores que fueron cercanos a él. Carlos Aguirre, Cecilia Méndez, Jose Luis Rénique y Charles Walker -todos ellos docentes en universidades norteamericanas- cuentan sobre el vínculo personal y cercano que establecieron con el homenajeado y cómo este influyó en sus trayectorias, no solo como colega sino como amigo y “compañero de ruta” en los dificiles años ochenta.

Carlos Aguirre (Universidad de Oregon). Alberto Flores Galindo y los tiempos de plagas

Recordar a Alberto Flores Galindo nos obliga a rememorar las luchas, esperanzas y frustraciones de las décadas de 1970 y 1980, años cruciales en la formación del Perú contemporáneo. La promesa (y la necesidad) de implementar reformas radicales en las estructuras sociales y económicas del país quedaron reflejadas en el proyecto velasquista iniciado el 68, en la movilización sindical y popular que tuvo su punto culminante en el paro nacional de Julio de 1977, en el surgimiento de una izquierda legal de masas con inusitado poder electoral que llevó a Hugo Blanco a la Asamblea Constituyente y a Alfonso Barrantes Lingán a la alcaldía de Lima, y en el autoritarismo letal de Sendero Luminoso que prometía el paraíso comunista en los Andes. En todos estos casos, sin embargo, el desenlace final representó una gran frustración colectiva: Velasco y su proyecto fueron derrotados por los sectores más conservadores de las fuerzas armadas, el sindicalismo sufrió los embates del neoliberismo y la crisis económica, la izquierda legal se deshizo en medio de pugnas de capilla y la ausencia de visiones renovadoras, y la “revolución” de Sendero devino en una guerra sucia que puso al país al borde del abismo.

Flores Galindo fue un observador atento y, en ocasiones, un actor central de esos procesos. Acercarnos a su obra require entender que ella fue concebida y ejecutada al interior de una sociedad que buscaba enfrentar desafíos históricos de enormes proporciones: liquidar el legado del colonialismo y el racismo, construir una nación inclusiva y democrática, e impedir que los valores y la cultura andinos se vean avasallados por la modernidad y lo que ahora llamamos globalización. Flores Galindo maduró intelectual y políticamente en pleno proceso velasquista, vivió intensamente los procesos que dieron forma al movimiento popular y clasista de los 70s, participó activamente de los debates que acompañaron el crecimiento desbordante de la izquierda electoral en el periodo 1978-1983, y enfrentó el desafío que representaba Sendero Luminoso desde una postura socialista ajena tanto al autoritarismo militarista como al modelo polpotiano de las huestes de Guzmán.

Reconstruir los veinte años de producción intelectual de Flores Galindo significa hacer un recorrido por esos años de pasiones y esperanzas, de ilusiones y frustraciones, de intensos debates intelectuales y políticos. Cada uno de sus trabajos fue pensado como parte de un debate a la vez historiográfico y político. La conquista y las sociedades andinas, la extirpación de idolatrías, las rebeliones de Túpac Amaru y Juan Santos Atahualpa, la crisis colonial, el racismo, las revueltas y tomas de tierras campesinas, las guerrillas de los 60, el velasquismo, el marxismo y la izquierda, los intelectuales, Arguedas: el abanico de temas que trató fue tan amplio como el espectro de sus preocupaciones metodológicas y teóricas, pero en todos ellos se puede percibir su intensa preocupación por la sociedad en que vivía. Sus modelos intelectuales –Mariátegui, Gramsci, Benjamin, Thompson, Vidal Naquet, entre otros- fueron pensadores que miraron al pasado para convertirlo en herramienta de transformación del presente. No hay otro historiador en el Perú del siglo veinte que haya logrado lo que Flores Galindo consiguió: conjugar en su obra y su esfuerzo vital (como investigador, profesor, conferencista, periodista, militante y animador de iniciativas culturales) el rigor académico, la pasión por la historia, una incesante curiosidad intelectual, y una tenaz intervencion en el debate político. Flores Galindo fue quien mejor encarnó la figura del intelectual público en ese “tiempo de plagas” que le tocó vivir.

Su vigencia, veinte años después de su muerte, radica no necesariamente en la infalibilidad de sus propuestas, sino en el ejemplo de su esfuerzo agónico por entender la dramática historia de nuestro país y por contribuir a forjar una sociedad justa y solidaria. En estos tiempos de desencanto, cinismo y frivolidad generalizados, cuando las injusticias y exclusiones no parecen generar la indignación que movilizó voluntades en tantas otras épocas de nuestra historia, la obra y el legado de Flores Galindo nos pueden servir de inspiración para resistir la tentación del conformismo y la apatía.

Cecilia Méndez (University of California, Santa Barbara). Recordando al Maestro

Lo conocí casualmente un día de 1980 en la Biblioteca Nacional. El año lo recuerdo muy bien porque acababa de publicarse la primera edición de Apogeo y crisis de la República Aristocrática, que él escribió junto con Manuel Burga. En la contratapa estaba su foto con esos inconfundibles lentes de carey. Nunca lo había visto en persona, pero ya lo admiraba; leía con avidez cualquier cosa que escribiera en revistas, y sus libros. Entonces me armé de valor; me acerqué, me presenté y le comenté que estaba haciendo una monografía sobre la rebelión de Rumi Maqui para un curso en la Universidad Católica y que había leído algo del personaje en su libro Apogeo y crisis y le pregunté si tenía algo para aconsejarme. De inmediato dejó lo que estaba haciendo y me sugirió ir a la terraza a conversar. Era muy alto, hablaba con gran entusiasmo,  moviendo las manos. Recuerdo que me dijo que viera los diarios de debates del Congreso y que estuviera atenta a la aparición de su nuevo libro, La agonía de Mariátegui, que ya salía. A lo cual agregó, “y cuando termines tu monografía, dámela para leerla”.

Nunca lo hice. No sé bien por qué. Creo que pensé que nada de lo que yo escribiera podría estar a su altura. Pero el impacto de esas palabras fue tremendo para mí . Qué podía yo, una chica de 20 años recién ingresada a facultad escribir que pudiera interesarle al ya consagrado Alberto Flores Galindo? ¿Por qué interesarse por lo que pudiera escribir una “cachimba” del oficio?  Pero así era Tito.  Esa actitud desprendida, desinteresada, y apasionada era justo lo que lo caracterizaba. Tito era pura avidez intelectual. Era un intelectual fecundo y generoso. Nunca vi a otro profesor que citara tanto los trabajos de sus alumnos. Tampoco es común entre los intelectuales ver un personaje tan gregario. Creo que todos sus proyectos intelectuales fueron colectivos. Mis visitas a su oficina, siempre llena de poetas, artistas, periodistas y estudiantes, fueron mi primera escuela de post-grado. Nunca entendí como escribía tanto si siempre estaba rodeado de gente. Y cuando se lo pregunté una vez, él, detrás de su vieja máquina de escribir, me dijo con la mayor naturalidad sin la menor pretensión: “¿Ah? Me lanzo nomás”.

En los diez años que duró nuestra relación, desde aquel encuentro en la Biblioteca Nacional, hasta su muerte prematura, nunca lo tuve de profesor. Pero, que duda cabe, fue mi mejor maestro. Quizá el maestro se distingue porque su ejemplo inspira. Después de 20 años me sigue inspirando.

Jose Luis Rénique (Lehmann College). Tito: Lo que perdimos, lo que recordamos

De esa singular “revolución historiográfica” que, según Peter F. Klaren, se produjo en el Perú a partir de los 70, Tito Flores fue un protagonista fundamental. No sólo por su obra escrita —larga y justicieramente valorada—sino por sus aportes a generar una comunidad de historiadores contraviniendo arraigados criterios de jerarquía, clientelaje y exclusión prevalecientes en ese sector letrado. Al respecto, en primer lugar, habría que recordar su contribución a la forja de un estilo que promovía vínculos horizontales sobre la base de una entusiasta —y desafiante— convocatoria a la investigación que incluía a alumnos y colegas por igual. Que esa convocatoria, en segundo lugar, se sustentaba en una agenda de investigación que Tito disemina en forma escrita y oral, formal e informal, suscitando una notable sinergia generacional; cuántos, habría que preguntarse, recibimos de Tito sugerencias de tópicos de investigación o nos beneficiamos de los vínculos que supo cultivar, allende las aulas de la PUCP y el estrecho medio letrado limeño.

Que, por esa vía —en tercer lugar— sería Tito el catalizador de una fundamental renovación de la imagen pública de la investigación histórica, rescatándola de su vieja imagen oficialista y conservadora,  rejuveneciéndola, acercándola a los medios periodísticos, a las actividades de extensión cultural y, en general, al debate sobre la actualidad del país. Que, como consecuencia de estas dinámicas, en cuarto lugar, coadyuvó a la configuración de un espacio de debate e intercambio de ideas sobre el pasado peruano inexistente hasta entonces en un medio en que las trayectorias intelectuales habían sido, generalmente, solitarias experiencias individuales. En el momento mismo en que la Historia se consolidaba como actividad profesional en el Perú, finalmente, Tito se preocupó por darle a nuestra actividad un horizonte alternativo –a través de SUR y de la revista Márgenes— en que el concepto de un “pensamiento comprometido” –que comenzaba a diluirse hacia mediados de los 80—pudiera encontrar un refugio y una plataforma.

Perdimos, con su partida, al gran dinamo de aquel vibrante proyecto colectivo. ¿Podrá retomarse? Tiene la palabra la nueva generación.

Charles Walker (University of California, Davis). Tito Flores Galindo

Tuve suerte de conocer a Tito Flores. Fue exactamente en 1982, luego de seguir un intercambio en la Universidad Católica entre 1979 y 1980, y cuando retornaba a Lima tras terminar una maestría en estudios latinoamericanos en la Universidad de Stanford, donde fui alumno de Jean Franco y Richard Morse.  Tenía intenciones de investigar sobre la Lima de Mariátegui y Tito había publicado La agonía de Mariátegui pocos años antes (1980). Él se mostró interesado en los libros que traje sobre la Viena de Wittgenstein así como en otros, por ese entonces, trabajos recientes de historia urbana.  A pesar de cierto desdén suyo por el mundo académico norteamericano, apreciaba mucho a Franco y Morse.

En las muchas conversaciones que tuvimos no dejaba de recomendarme archivos y presentarme nuevas amistades.  Yo trabajaba en el Colegio Roosevelt y, pese a mis excusas de que estaba exhausto después de enseñar todo el dia, me aconsejó con cierta impaciencia que durmiera una siesta corta y fuera de inmediato todas las tardes a la Biblioteca Nacional. Tito era incansable, y eso explica cómo llegó a ser tan productivo e influir en tanta gente. Él nos apoyó a mi esposa Zoila Mendoza y a mí cuando quisimos ir a enseñar a Huancayo a la Universidad del Centro, lo cual no se pudo debido a la presencia de Sendero Luminoso. Pero cuando decidimos ir a hacer el doctorado a la Universidad de Chicago él estuvo ahí también para darnos su apoyo. Cuando regresamos al Perú en 1988 se alegró con nuestra decision de ir a vivir al Cusco y asociarnos con el Centro Bartolomé de Las Casas.

Mi deuda con Tito incluye haberme presentado a varias personas que llegaron a ser amigos íntimos. Él me habló de Iván Hinojosa y su investigación sobre el Cusco. También me recomendó conversar con Aldo Panfichi sobre Lima. Y me habló muy bien de un joven llamado Carlos Aguirre, quien escribía muy buenos ensayos periodísticos sobre Lima y las clases populares. Los tres son amigos y colaboradores hasta el día de hoy. Con Carlos y Willie Hiatt hemos terminado la traducción al inglés de Buscando un Inca que Cambridge University Press publicará en octubre de este año. Aunque la traducción resultó más trabajosa de lo pensado, expresa nuestro reconocimiento a Tito por su calidad como historiador y persona.

Cuando me acuerdo de Tito comparto la admiración que muchísima gente sentía y siente aún por él. Era una persona tremendamente humana, con un buen sentido de humor y una fuerte lealtad a sus amigos y seres queridos. Tal vez si no hubiese tenido esa calidad humana sumada a cierta humildad, su inteligencia podía haberse considerado intimidante.  Pero hacía sentir su presencia de manera notable.  Pese a un cierto estilo informal (no tan común en las universidades peruanas hace 25 años) y una forma peculiar de hablar —sea en un salón o en la mesa de un café—, todos le prestaban atención.  Como lo mencioné, era incansable. Nadie entiende cómo escribió tanto si a la vez dictaba, trabajaba con varios estudiantes, daba charlas, debatía, y hasta dirigía una serie de revistas y centros de investigación.  Carlos Aguirre ha acertado en llamarlo un “intelectual público”. Tal vez el último de esta especie. Traducir Buscando un Inca nos ha permitido entrar muy de cerca en su trabajo y su manera de pensar el mundo.

Esperamos que la traducción sea un homenaje meritorio a la gran persona que fue Tito Flores. Como lo dije al principio, tuve suerte de conocer a Tito Flores. (Foto: Punto edu)

Links útiles

Alberto Flores Galindo. Reencontremos la dimensión utópica. Leer aquí

Carlos Aguirre. Cultura política de izquierda y cultura impresa en el Perú contemporáneo (1968-1990): Alberto Flores Galindo y la formación de un intelectual público. Leer aqui

Jose Luis Renique. La utopía andina hoy (Un comentario a Buscando un Inca). Leer aqui 

Jose Luis Renique. Flores Galindo y Vargas Llosa: Un debate ficticio sobre utopías reales. Leer aqui

Nelson Manrique. “Vivió a una velocidad tremenda”. Entrevista de Pedro Escribano. Leer aqui

Nelson Manrique. La agonía de Flores Galindo. Leer aqui 

Jorge Valdez y José Ragas. La vigencia de la utopía. A 20 años de la muerte de Alberto Flores Galindo. Leer aqui

Jose Ragas. Historia y Compromiso: Un acercamiento a la obra de Alberto Flores Galindo. Leer aqui

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Historiadores

La tradición radical, la izquierda y la historia política en el Perú. Entrevista a José Luis Rénique

Existe una línea de pensamiento con énfasis en lo social y la crítica a las injusticias del sistema que atraviesa nuestra historia y que tiene sus orígenes en los años posteriores a la Guerra del Pacífico. A esta trayectoria, José Luis Rénique la denomina tradición radical y ubica su origen en el pensamiento de Manuel Gonzales Prada. Se trata de un antecedente directo del pensamiento de izquierda que aparecería luego y encontraría un momento decisivo en los años veinte y la polémica Haya-Mariátegui. Esta línea prosiguió uno y varios derroteros a medida que las pugnas internas y las influencias provenientes del exterior obligaban a los ideólogos a cerrarse en sus marcos ideológicos o adaptar aquellos foráneos que no encontraban contradictorios con sus propuestas.

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Especiales

El legado del fujimorismo

Abril es un mes particular en el calendario fujimorista. Como lo recuerda una de las panelistas de este post, fue en abril en que se definió la victoria del hasta entonces desconocido Alberto Fujimori sobre el candidato Mario Vargas Llosa en 1990, como también fue en abril que dio la orden para cerrar el Congreso. Una tercera fecha que no puede pasar por alto en la hagiografía color naranja fue la ejecución de la Operación Chavín de Huántar, que terminó con el secuestro de los rehenes en la residencia del embajador japonés y cuyo triunfo político fue aprovechado hasta el punto de convertirlo en una celebración oficial durante los años que le quedaban de mandato. Pero abril también ha sido el mes en que ha sido sentenciado por los delitos que permitieron extraditarlo de Chile después de varios años de exilio en Japón y el país del sur.

La sentencia a 25 años podría indicar que se cierra uno de los gobiernos más tenebrosos y controvertidos de nuestra historia. Ya superadas las emociones que trajo el fallo (a favor y en contra), es necesario tratar de establecer un balance de lo que fue su gobierno y cuál es el legado que nos deja. El presente post tiene como propósito contextualizar algunos de los argumentos que se suelen presentar como los logros más importantes del periodo 1990-2000. En el primer acápite («Dos premisas cuestionables»), intento refutar ambos argumentos, señalando que se trata de atribuciones que no responden al contexto en el que fueron desarrolladas. Luego,  en «La década infame», abordo un tema que ha sido pasado por alto por los defensores del ex mandatario y que no ha suscitado demasiados comentarios al no estar incluido en los cargos de extradición por los que ha sido juzgado: la corrupción.  Por último, y para tener una visión más amplia del tema, hemos consultado a cinco historiadores (Natalia Sobrevilla, José Luis Rénique, Emilio Candela, Jorge Valdez y Tamara Feinstein), quienes dan su opinión acerca de la herencia del fujimorismo y de cómo esta, para bien o para mal, sigue vigente hasta nuestros días.
  

Dos premisas cuestionables

Los defensores del defenestrado mandatario han sacado (nuevamente) a relucir el argumento de que él no debería ir a la cárcel ya que trajo prosperidad al país y de que los errores que pudiera haber cometido (entiéndase muertes, robo y destrucción de la democracia) se perdonan en base a estos dos logros. El problema con esta postura es que carece de sustento y se basa en una falacia: ¿cómo comparar una cosa con la otra? ¿lo bueno debe borrar lo malo?

Es necesario examinar estas premisas y contextualizarlas para entender que los supuestos logros no son tales, ya que luego de la caída de la hiperinflación no se crearon los mecanismos para asegurar el desarrollo económico del país. Los recursos obtenidos por la liberalización del mercado fueron saqueados y depositados en cuentas del extranjero mientras los índices de crecimiento sí pudieron ser consolidados no gracias a Fujimori, sino después de su huida, cuando el país retornó a la democracia y las inversiones retornaron. Por otro lado, el terrorismo no fue definitivamente terminado, ya que los bolsones existentes pudieron establecerse en alianza con el narcotráfico. La política de ejecuciones extrajudiciales minó asimismo la estrategia antisubversiva y la legitimidad de las Fuerzas Armadas frente a la población, contrario a lo que pretendía el gobierno para ganarse «los corazones y las mentes» de la población.

a. La «derrota» de la hiperinflación
La improvisación, soberbia y torpeza con las que García dirigió la economía durante su primer gobierno (1985-1990) nos dejó como saldo una de las peores hiperinflaciones del mundo y puso al país al borde del abismo, lo cual fue aprovechado por el terrorismo para empujar a la sociedad al descontrol y al caos. Ante una situación similar, además de nuestro aislamiento en el sistema financiero internacional, la única salida parecía ser un shock económico que regulara la economía y la sacara del manejo estatal y centralista del gobierno del APRA. El símil más cercano sería lo que ocurrió durante la transición de una economía planificada como la URSS al posterior libre mercado. Uno de los candidatos, Mario Vargas Llosa, había sido enfático en la necesidad de aplicar un shock, y lo puso como parte de su campaña. Pero este plan incluía también una contraparte, que fue la ayuda asistencial a los más pobres (PAS, Programa de Apoyo Social) para que resistan las medidas mientras estas durasen. A medida que se acercaba la campaña y que el aprismo saliente hacía cálculos para que ganase Fujimori y no el novelista, se comenzó a difundir propagandas de corte apocalíptico sobre las consecuencias que traería un eventual gobierno del Fredemo.

Finalmente, sería Cambio 90 quien se apropiaría del modelo preparado por el Fredemo, luego de haberlo fustigado y satanizado durante la campaña. La aplicación del ahora denominado fujishock por el Ministro Hurtado Miller liberó los precios y los dejó a merced de la autoregulación. El elemento salvador fue la apertura del mercado y su conversión hacia un brutal neoliberalismo, que desmanteló al Estado y si bien modernizó los servicios al consumidor, los dejó a merced de empresas privadas que lograron recuperar su inversión mucho antes de lo proyectado, en base a las tarifas impuestas a los usuarios. Este neoliberalismo inicial estuvo marcado por el ingreso de ingentes cantidades de dinero al fisco provenientes de la venta de empresas públicas. Posteriormente, las exportaciones consolidarían la estabilidad económica al igual que la modernización en los entes de recaudación, cuyo paradigma de eficiencia sería la Superintendencia Nacional de Administración Tributaria (SUNAT).

Al mismo tiempo que estas reformas económicas se iban implementando se procedió a debilitar la base social mediante los despidos por incentivos, la presión sobre los sindicatos y la liberalización de los contratos. Todo ello menoscabó el tejido social y desarmó la capacidad de las organizaciones de base para coordinar y presentar reclamos. La reducción del Estado que buscó el Gobierno no se tradujo en una mayor eficiencia. En el otro extremo, lo que el gobierno entendió como compromiso con los más necesitados fue la dotación e implementación de carreteras al interior del país así como de edificaciones como colegios, sin que esto lograse generar un tejido social necesario para combatir las desigualdades en los ingresos que se presentaban por esos años. La recesión y las crisis económicas que golpearon al mundo desde mediados de la década del noventa hicieron efecto en el Perú debido a que no hubo un proyecto de desarrollo a largo plazo, y que los fondos obtenidos por la privatización fueron saqueados. Al mismo tiempo, el Fenómeno del Niño revela la inexistencia de una organización estatal capaz de proveer la ayuda necesaria a la población afectada. La inflación comenzó a aparecer nuevamente, y con ella una recesión que va a durar hasta el fin de su gobierno.

b. La «derrota» del terrorismo
Pese a que este tema estuvo ausente de los lemas de campaña en 1990, el fujimorismo lo convirtió en su emblema desde 1992, cuando fue capturado el líder de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán. ¿Hasta qué punto la derrota del terrorismo se debió a un plan diseñado por el ex presidente? La captura de Guzmán ocurrió sin que el presidente y su mano derecha, Vladimiro Montesinos, estuviesen al tanto del operativo. Además, tampoco tenía relación con las medidas tomadas a partir del autogolpe del 5 de abril, pero la realización de la captura luego de esta fecha permitió establecer un nexo de causalidad que no existía. A partir de entonces, no se dejó nada al azar y la política antiterrorista pasó a estar manejada con mayor control, como se puede apreciar en la Operación Chavín de Huántar.

Uno de los puntos centrales que ha esgrimido la parte acusadora fue que Fujimori dirigió una organización criminal que buscó eliminar la subversión. La defensa del acusado y del grupo que lo respalda ha ido en varias direcciones, incluso de modo contradictorio. Han recurrido a la semántica al manifestar (con la ayuda de la lingüista Martha Hildebrandt) que el vocablo «eliminar» tiene al menos cuatro acepciones distintas a las de «matar» o «asesinar». Este término fue utilizado por las dictaduras del Cono Sur al hacer referencia a la puesta en marcha de un plan para erradicar la subversión en sus respectivos países. Fue empleado al hacer una metáfora entre la sociedad y el cuerpo humano, en la que los subversivos actuaban como un cáncer, por lo que: «la sociedad padece un cáncer y hay que aplicar cirugía mayor». Y si los fujimoristas señalan que hay varias interpretaciones al término «eliminar», sería bueno recordarles qué entendieron por esa palabra las dictaduras chilena y argentina.

Una estrategia adicional que empleó la defensa y el mismo acusado fue la de negar que hayan tenido conocimiento de la acción de grupos paramilitares, como el Grupo Colina. Lo que ha quedado demostrado no es solo que Fujimori no desconocía las acciones de este grupo sino que lo amnistió. Por más que arguyera que su estrategia fue la de pacificar el país mediante métodos legales y el desarrollo económico, el accionar por medio de asesinatos extrajudiciales fue un elemento recurrente, como ocurrió en La Cantuta, Barrios Altos y la Operación Chavín de Huántar y en el asesinato selectivo de otras personas. La mención por parte del tribunal de que quienes fueron asesinados en La Cantuta y Barrios Altos no tenían relación alguna con la subversión exasperó a los fujimoristas, que han insistido en que se trató de un «exceso» (al menos ahora le anteponen el adjetivo «lamentable»). La noción misma de «exceso» merece ser revisada, ya que confirma que estas muertes no estaban contempladas dentro de un plan original que sí incluía asesinatos extrajudiciales, pero que fueron asesinadas por error o como un abuso de la política antisubversiva planificada por quien dirigía las Fuerzas Armadas.
 

La década infame

No cabe duda que el fujimorismo degeneró en un Estado mafioso, que logró cooptar a las legado-de-fujimori-montesinos-y-kouridemás instituciones públicas y privadas por medio de la coacción y las prebendas. Ningún espacio estuvo fuera del interés del Gobierno de ese entonces: el Poder Legislativo, el Poder Judicial, las Fuerzas Armadas, el Poder Electoral, los medios de comunicación (televisión, radio y prensa). Fue muy poco el espacio que tuvo la sociedad civil para resistir a un tipo de política que se iba extendiendo a todo el país. Nunca antes un país había tenido a todas sus instituciones secuestradas de la manera en que lo hizo el gobierno fujimorista. Y si bien este no inventaron la corrupción, sí permitó que esta se organizara de manera vertical y constituyera un aparato paralelo al formal, el cual quedó profundamente debilitado y está tratando de recuperarse lentamente, como ha ocurrido con los organismos electorales, el Poder Judicial y parte de la prensa (el Congreso es tema aparte).

En un reciente libro, Corrupt Circles. A history of unbound graft in Peru (Maryland: The John Hopkins University, 2008, p. 446), el historiador Alfonso Quiroz —de quien tomo prestado el título que abre este acápite— ha realizado una serie de estimaciones sobre el costo que la corrupción ha tenido para nuestro país durante el siglo XX. El resultado al que él llega es escalofriante, aunque no debe sorprendernos: el régimen fujimorista habría sido el que más robó en la historia peruana.

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Quiroz señala que «la administración pública del país fue capturada por un grupo de militares corruptos y civiles cómplices». Hay que entender que este costo en la corrupción no solo se refiere al ámbito cuantificable sino a la pérdida de credibilidad del garante del orden institucional: el Estado. Su investigación establece que durante el gobierno de Fujimori, la corrupción le habría costado al país 1.4 billones de dólares por año, lo que equivale a la tercera parte del presupuesto anual. El siguiente cuadro, tomado de la p. 440 de dicho libro, muestra la distribución ilegal de fondos de manera desagregada.

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Epílogo

el-legado-de-fujimori-keiko-y-affEl fin del gobierno en 2001 no significó la desaparición de su imagen pues el movimiento pasó a estar dirigido por sus hijos, Kenyi y Keiko. Desde entonces, los fujimoristas han tenido que hacer lo posible por mantener vivo a una agrupación que no puede exhibir su lema original («Honradez, Tecnología y Trabajo»), y que ha tenido como caballo de batalla el destino judicial del ex presidente. Lo curioso es que descontando las premisas de combate al terrorismo y a la hiperinflación, la propuesta fujimorista carece de sustento. En lugar de ello, la que se avizora como la heredera «natural» de la agrupación, Keiko Fujimori, ha anunciado como lema de campaña la liberación de su padre, y para ello no ha dudado en azuzar a los simpatizantes y anunciar movilizaciones, asumo que similares a las que llevaron a irrumpir el año pasado en el Ojo que Llora y pintarrajearlo.

El reto va a consistir en que los demás partidos políticos puedan organizarse y presentar opciones viables y realistas para un contexto que, esperemos, podría ser de recuperación de la crisis económica para el 2011 y de fortalecimiento interno de la democracia con independencia de los poderes del Estado. Mientras eso no ocurra, el fantasma del fujimorismo y su pragmatismo vacío de alternativas seguirán rondando la esquina… y las encuestas.
 

Mesa Redonda: El legado del fujimorismo

Para intentar establecer un balance sobre lo que significó una década de fujimorismo, consultamos a un grupo de historiadores. Ellos nos dieron su opinión acerca de lo que representa el legado del fujimorismo.

el-legado-de-fujimori-natalia-sobrevillaNatalia Sobrevilla (Universidad de Kent, Reino Unido). En la historia reciente del Perú abril tiene un aspecto de crueldad particular, no solo por traer el otoño sino por estar enlazado inextricablemente a Fujimori.  Fue en abril del 90 que conocimos su pasión por los bacalaos reales y metafóricos, fue el mes en que cerró el Congreso, y ahora también en abril se le condena. ¿Cuál es el legado de todo esto a casi diez años desde que dejó el poder?  Después de una década donde la corrupción llegó a copar todo el espacio del poder nos sigue forzando a hacernos preguntas difíciles: ¿era posible derrotar al terrorismo respetando la democracia? ¿Era necesario gobernar como lo hizo él para salir de la crisis económica? ¿Fue un precio demasiado alto el que hubo que pagar? La pasión y divergencia que generan estas preguntas muestran como la discusión sobre Fujimori se mantiene vigente y las respuestas que se dan muestran la diversidad de visiones de mundo.  Nos remiten a cuestiones tan básicas como si es aceptable usar todos los medios para lograr el fin; si los derechos de todos tienen la misma validez.  Este para mí es el legado de Fujimori, la manera cómo nos fuerza a seguirnos haciendo estas importantes preguntas.

 

el-legado-de-fujimori-jl-reniqueJosé Luis Rénique (Lehmann College y CUNY, Estados Unidos). ¿Cómo explicar el arraigo de un movimiento nacido de una combinación de neoliberalismo extremo y autoritarismo? Como el leguiísmo y el odriísmo, el fujimorismo se alimenta de la brecha histórica entre el “país oficial” y el “país profundo,” de la crónica crisis de representación de nuestro sistema político. Las excepcionales condiciones de los 90 le confirieren atributos singulares. Una imagen basta: la llegada a un “pueblo olvidado” de un Presidente que, en horas, supera lo hecho en siglos por autoridad alguna. La guerra interna, la conversión de las FFAA en “partido del gobierno,” su “eficaz” control mediático, entre otros factores, explican su consolidación. Otro conjunto de hechos explican su durabilidad post-2000: (a) la existencia de un relevo dinástico familiar; (b) una estrategia movimientista centrada en lo electoral que permite mantener las redes construidas desde el estado, (c) la ausencia de un competidor con llegada similar a sectores críticos de la población y, finalmente, (d) el gran espectáculo mediático de la victimización de su líder máximo. Se nutre el fujimorismo de la incapacidad de sus competidores. Si este significativo capital político aportará o no al fortalecimiento de la endeble democracia peruana es una pregunta abierta.

 

contra-la-memoria-contra-el-olvido-emilio-fotoEmilio Candela (PUCP). Hoy, con Fujimori condenado a veinticinco años de prisión, sería fácil afirmar que su gobierno fue un desastre y una dictadura sangrienta; pero no creo que ello sea lo más sensato y apegado a la verdad. Sobre todo porque es indudable que en los noventa hubo un trabajo serio en varios sectores, y ello se tradujo en los profundos cambios que alteraron la economía y la visión política en el país. Tomando en cuenta el contexto tan difícil en el que surgió este gobierno, el legado en materia económica y de pacificación fue notoriamente positivo. Creo que fue en los años noventa cuando se sentaron las bases firmes para el crecimiento económico que hemos tenido en estos años, sobre todo por las bases legales incluidas en la Constitución de 1993 que permitieron la llegada de inversión extranjera y la consolidación de una economía de mercado. En política, el fujimorismo representa un tipo de administración pragmática, de mayor cercanía al poblador, que indudablemente le fue más útil respecto a lo que significaron los partidos políticos tradicionales. Sin embargo, estas dos notas positivas deben coexistir en la memoria de la población con los graves hechos de corrupción, arbitrariedades y algunos casos de violación de derechos humanos que evidentemente ensombrecieron los aspectos positivos logrados en aquella década.
Solo puedo añadir que el fujimorismo pudo calar hondo en algunos sectores de la población, a pesar de los aspectos negativos que he mencionado, como lo demuestra el apoyo popular que aún mantiene. Ello es un síntoma que, guste o no nos guste y pese a quien le pese, el fujimorismo representa un hito de la historia política contemporánea del país y que estará presente en los siguientes años.

 

contra-la-memoria-contra-el-olvido-jorge-valdez-fotoJorge Valdez (PUCP). En la actualidad existen “fujimorismos” en plural, más aun después de la condena al líder, Alberto, y la herencia prematura —de carácter político— a sus hijos Keiko y Kenji. Estamos viendo lo que sería una tercera etapa del fujimorismo, ya no sólo sin Montesinos, sino sin el patriarca de la dinastía, lo que enfrenta a esta variopinta y reciclada agrupación política a nuevos retos, los cuales no resolverán con un simple cambio de nombre, como ya nos tienen acostumbrados (Fuerza 2011 es la cuarta agrupación fundada por el fujimorismo desde el 2000). Los legados, también en plural, son diversos. La debilidad del Estado como institución me parece el más saltante y grave, producto de la cooptación de las mismas y coronada por una renuncia vía fax del mismo presidente en el 2000. Asimismo, el fujimorismo aglutina varios elementos de la antipolítica peruana —el clientelismo, la corrupción, el autoritarismo, la verticalidad, la improvisación— que evidencia una agrupación premoderna que aprovecha las grietas preexistentes de la débil democracia local, con la finalidad de crear un discurso falaz de orden, progreso y ley, cuando en realidad sus acciones demuestran intolerancia, polarización y agresividad. Es de esperar que este tipo de discursos subdesarrollados sean cada vez menos atractivos para los electores y que las otras agrupaciones políticas hagan un deslinde —cosa que la categórica sentencia parece estar provocando— que empuje a los fujimoristas a aislarse o a asimilarse.

 

contra-la-memoria-contra-el-olvido-tasha-fensteinTamara Feinstein (Universidad de Wisconsin, EEUU). Aun cuando la autodefensa del ex presidente Fujimori parecía más un discurso político y menos una respuesta a los cargos que se le imputaban, su alegato nos planteó un balance socio-político de su régimen: sus avances, logros y obstáculos. Fujimori repitió que no se arrepiente de nada y, en cambio, ofreció una visión histórica de su gobierno en la que se autoproclama el salvador de la nación peruana. Estoy completamente de acuerdo que el país estaba en un momento de grave crisis cuando asumió el poder en 1990. Los problemas económicos y de seguridad interna eran consecuencia de los últimos dos gobiernos, los grupos subversivos y el sistema económico internacional. Sin embargo, pienso que las soluciones que Fujimori implementó traían consigo sus propios peligros, y significaron un oscuro legado. Como la ha demostrado la evidencia, para combatir la subversión su gobierno incorporó tácticas de guerra sucia, como la creación de un escuadrón de la muerte, el Grupo Colina. Además de los asesinatos y secuestros cometidos, las tácticas anti-democráticas e ilegales duraron hasta el final de su régimen. Estas tácticas no estuvieron limitadas a los grupos subversivos, sino que tuvieron como objetivo la prensa, la oposición política, los sindicatos, y los activistas de los derechos humanos. Combatir el terror con más terror no solo es equivocado por razones legales y éticas, sino también porque pone en peligro la base de la democracia y la libertad que supuestamente todos aspiramos a proteger.

Créditos: las imágenes de Montesinos y Kouri, y de Fujimori en campaña, corresponden al Anuario 2000-2001. Lima: Apoyo Comunicaciones y El Comercio, 2001.

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