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Conferencia de Giovanni Levi en la PUCP

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El historiador italiano Giovanni Levi dictará una Conferencia Magistral en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Como se sabe, Levi es uno de los más destacados representantes de la “microhistoria” junto con Carlo Ginzburg, y que llevó a una renovación metodológica del quehacer histórico en cuanto a las escalas de análisis. Autor de La Herencia Inmaterial (Madrid: 1990), su actual investigación busca explicar cómo se construyó un sistema económico que equilibre la justicia con la igualdad. Se trató de uno de los grandes proyectos emprendidos por la Iglesia Católico en el marco del Antiguo Régimen, y que conllevó a realizar un delicado balance a nivel de la ideología que debía imponer sobre la sociedad así como las relaciones personales que podrían corroer dicho aparato mental. Para abordar este tema, Levi recurre a los balances familiares, que permiten comprender las lógicas sociales de consumo y cómo estas se articulan en torno a la solidaridad al interior del espacio familiar y al exterior con agentes de control y autoridad.

En el Perú, ha sido invitado por la Coordinación de la Especialidad de Historia de la Pontificia Universidad Católica. En esta oportunidad, Levi hablará sobre “Freud, el tiempo y los historiadores”, que forma parte de las inquietudes metodológicas y teóricas que lo animaron a emprender una serie de reflexiones sobre la naturaleza de la temporalidad y la espacialidad en los últimos años. Lejos de extender el tema que lo hizo conocido, como lo fue el de la microhistoria, considera que esta ya ha sido superada y que es necesario repensar otros temas para una mejor comprensión del pasado. En los últimos años ha propiciado un acercamiento con los colegas de América Latina, y ha visitado diversas universidades de la región. No hace mucho estuvo en Bolivia y en Chile, país este último donde dictó una conferencia titulada “Hacer el Historiador Hoy” en la Universidad Austral de Chile (UACh) y que puede ser vista en [video].

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Especiales

El engaño de la austeridad

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Quizás lo peor que podría ocurrirle a un paciente de alto riesgo en tratamiento intensivo es enterarse, por medio de la prensa, que el remedio que se le ha aplicado y que se considera no solo el más apropiado, sino el único para mantenerlo con vida, tiene errores. O, para ponerlo de otra manera, que ese remedio es un fraude. Algo similar ha venido ocurriendo desde hace unas semanas, cuando Thomas Herndon y otros dos investigadores de la Universidad de Massachussets han cuestionado la data y la metodología usada por dos  economistas de la Universidad de Harvard, Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, cuyo trabajo habría servido de soporte científico a las medidas de austeridad para combatir la actual recesión en muchos países.

Aun cuando ambos economistas se han defendido y han señalado que se les ha atacado de manera “virulenta”, el daño está hecho. Las implicancias que este cuestionamiento tendrá no solo en las investigaciones académicas sino en las políticas fiscales sobre cómo enfrentar la crisis están por verse, pero ya se puede predecir que reducir gastos y afectar las políticas de bienestar o los salarios en nombre de la recuperación económica no será algo muy bien visto en los próximos meses. Hay por lo menos dos razones por las cuales este debate debería ser del interés de los historiadores. Primero, porque Reinhart y Rogoff basan su argumento en data histórica, reuniendo datos de 44 países en un lapso de tiempo de doscientos años. Segundo, porque esto está llevando a reevaluar episodios del pasado en base a la premisa de que la aplicación de la austeridad no solo es un error que puede corregirse sino que es peligrosa, tanto para el país que sigue la receta como para el resto del mundo.

¿Es muy pronto aún para descartar una política económica en base a un error en una investigación? En su reciente edición, Foreign Affairs pareciera dar una respuesta al acelerado desprestigio de esta receta económica al hacer eco de este revisionismo histórico. En un extenso ensayo, Mark Blyth, profesor de Política Económica Internacional y autor de Austerity: The History of a Dangerous Idea (2013), realiza un análisis del siglo XX  y señala cómo la aplicación de recortes solo complicaron las cosas en diversas partes del planeta. Una de las partes más peculiares de este análisis de Blyth es el rol que le asigna a la austeridad en las décadas de 1920 y 1930 y que llevaría a un mismo trágico resultado: la Segunda Guerra Mundial.

 

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Especiales

¿Era necesario Stalin para conseguir la industrialización de Rusia?

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La pregunta “¿Era necesario Stalin?”, postulada en un reciente paper por los economistas Anton Cheremukhin of the Dallas Fed, Mikhail Golosov of Princeton, Sergei Guriev of the New Economic School in Moscow, and Aleh Tsyvinski of Yale, suena un tanto amarga a primera vista. Obviamente, nada puede hacer que se considere “necesario” al más grande asesino del siglo XX.

Pero si consideramos el crecimiento de Rusia desde el estancamiento económico agrario a un poder industrial que fue capaz de competir con Estados Unidos y de enviar seres humanos al espacio exterior en apenas cuatro décadas, vale la pena considerar si el mismo resultado hubiese sido posible sin Stalin. Los autores intentan hacer esto desarrollando un modelo contrafáctico sobre cómo la economía rusa se habría desarrollado de continuar en la misma trayectoria que tenía antes de 1918.

Los autores señalan que la economía rusa no estaba precisamente en estancamiento durante el último zar. Los esfuerzos por industrializarla se habían venido dando desde la abolición de la servidumbre en 1861 y se habían acelerado en el temprano siglo XX con las reformas introducidas por el Primer Ministro Pyotr Stolypin incluían la adopción del patrón oro, inversión en ferrocarriles y el incentivo para incrementar las exportaciones. El PBI per capita creció 1.91% entre 1885 y 1913.

La productividad económica fue arrasada por la Primera Guerra Mundial y la revolución, y solo en 1928 se pudo retornar a los niveles previos a la Revolución, siguiendo las limitadas reformas de mercado de la NEP de Lenin. El PBI y los niveles de industrialización se incrementaron considerablemente bajo Stalin.

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Especiales

Adiós a los nazis

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Pocos términos empleados de manera regular en la escritura histórica han sufrido de tanto abuso como el término “nazi”. Cuando menos ha sido un término que ha representado un persistente desafío para generaciones de estudiantes que cayeron en la trampa de escribir dicho término de muchas formas y variantes. Se ha vuelto una práctica tan extendida que el error se beneficia de una creciente inercia lingüística. Pronto será designado como una anomalía con la que es posible convivir, como el mal uso de “impacto” como si este fuese un verbo (por ejemplo, “Los nazis impactaron el sistema político alemán”.

A decir verdad este es el menor de los problemas. El asunto de fondo es el uso indiscriminado del término “nazi” para describir cualquier cosa relacionada con las instituciones alemanas o el comportamiento en los años de dictadura entre 1933 y 1945.

Es común escuchar sobre “el ejército nazi”, o las “fuerzas armadas nazis”, o “las atrocidades nazis” o “la economía nazi” como si todo en Alemania durante el mandato de Hitler hubiese sido nacional-socialista. El resultado es una absoluta falta de precisión histórica. “Nazi” se convierte en una abreviatura que oscurece más de que lo explica. Los historiadores que escriben sobre la Unión Soviética durante Stalin no describen sus características como “los rojos esto” “los rojos aquello”, del mismo modo que los historiadores de la Gran Bretaña en el periodo entreguerras no hablan sobre los “Tories” y los “izquierdistas” en vez de hablar sobre el Partido Conservador y el Partido Laborista.

El término “Nazi” surgió en los años 1920 cuando se buscó una forma de simplificar el extenso nombre del Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP). Fue usado principalmente por los enemigos del régimen y nunca por el régimen en sí. El término “nazi” o “los nazis” tenía connotaciones negativas: era usado como una forma rápida de describir un movimiento comúnmente asociado en la mente de los críticos extranjeros de izquierda con gobiernos autoritarios, terror estatal, campos de concentración y el asalto a los valores culturales de Occidente. Los psicólogos incluso sugieren que existió algo así como la “mente nazi” para explicar por qué los miembros del partido eran tan brutales y agresivos. El término, entonces y ahora, estaba cargado de significado.

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Historiadores

Fractured Times. Culture and Society in the 20th Century (2013), el nuevo libro de Eric Hobsbawm

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Aun cuando sabíamos que el historiador británico se encontraba mal de salud y que sus 91 años escondían un dinamismo que nos hacía pensar que podía vivir por más tiempo, la muerte de Eric Hobsbawm en octubre de 2012 nos sorprendió como algo inesperado. Y la ausencia de Hobsbawm se comenzó a hacer más notoria ya que se trataba de un académico que no solo había expandido sino dinamitado las convenciones asociadas comúnmente a los profesionales del pasado que trabajan desde un ámbito académico.

En primer lugar, fue el historiador que más vigencia y alcance tuvo. Ningún otro historiador ha tenido una presencia tan amplia geográfica o temporal, y que haya sido leído indistintamente por el hombre de la calle o por un presidente como Lula, de Brasil, que recomendaba sus obras de manera entusiasta. Asimismo, Hobsbawm se mantuvo siempre en pleno ejercicio académico, no solo escribiendo sino dando entrevistas sobre temas de actualidad, aun cuando su movilidad física era limitada debido a su avanzada edad. En segundo lugar, la mirada amplia de Hobsbawm consideraba el pasado como una unidad integral de la experiencia humana, de la cual no podían excluirse ni la cultura ni otros fenómenos. Aun siendo marxista, Hobsbawm era lo bastante hábil para no reducir la historia a solo lo político y económico. Este interés por la cultura provenía de muy atrás, cuando fue crítico de jazz para la revista New Statesman, un gusto que se puede apreciar en obras como Age of Extremes, Uncommon PeopleThe Jazz Scene.

Ambas características, entre muchas otras que hicieron de él una de las figuras más importantes del siglo que terminó, vuelven a acompañarnos en Fractured Times. Culture and Society in the 20th Century (2013). Se trata de una colección de ensayos que Hobsbawm había dejados listos poco antes de morir y que ahora aparecen bajo la forma de libro. A juzgar por los adelantos que han aparecido en la web y las reseñas en la prensa, se trata de una de las mejores obras del historiador británico. Hemos traducido el “Prefacio” completo, que explica el propósito del libro y los ensayos que lo integran.

 

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