Visiones de una nación triunfante: el Conflicto Armado Interno en tres imágenes (Perú, 1989-2012)
La reciente captura del camarada Artemio, líder máximo de Sendero Luminoso, pone sobre el tapete varios problemas. Uno de ellos, solo resuelto parcialmente por la periodización que estableció la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), es el referido a la temporalidad –esto es, los límites cronológicos– y el “final” del conflicto armado interno.
La CVR llevó los linderos temporales de su investigación hasta el simbólico año 2000, momento en que el estado se planteó la creación de una comisión encargada de investigar la violencia que azotó al país desde 1980, indicando que las secuelas del conflicto no solo trascendían esta frontera temporal sino que se prolongaban hacia generaciones venideras. Desde un punto de vista militar, la presencia de Artemio y sus huestes en el VRAE, los continuos ataques a población civil y agentes del estado, hacían difícil hablar sobre un periodo “post-conflicto” de manera categórica.
Otro problema, asociado con el punto anterior, tiene que ver con la manera en la que el Estado asumió y ejecutó su rol en el conflicto. En semanas recientes, la posibilidad de incluir oficialmente la enseñanza del mismo en el currículo escolar puso a políticos y académicos –siempre por separado– a discutir sobre la manera de (re)presentar al estado en una eventual narrativa oficial en torno a la violencia. Incluso el mismo término “conflicto armado interno” fue resistido por quienes persisten en ver la violencia de manera maniquea: un grupo de facinerosos fuera de la ley atacando a un estado cuyo único interés era el restablecimiento del estado de derecho.



