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La historia de las armas químicas (1899-2013)

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Con los crecientes rumores del posible uso de armas químicas en Siria, la opinión pública parece haberse dado cuenta de lo que viene ocurriendo en dicho país, y dado un respaldo tácito a cualquier actividad que pueda poner fin a dicha guerra interna.

Como lo explica Roger Zuzunaga:

La máxima potencia mundial está convencida de que el régimen sirio ha usado armas químicas contra civiles. Ocurrió el pasado 21 de agosto en un suburbio del este de Damasco dominado por los opositores. Según los rebeldes, perecieron más de 1.300 personas en esa acción. El viernes, Washington aportó una cifra más precisa: 1.429 muertos, entre ellos 426 niños. (“La represalia controlada”, Internacional, suplemento dominical de El Comercio, 1 de setiembre de 2013, p. 5)

El rechazo de la opinión pública internacional hacia las armas químicas y los rumores sobre su uso por parte del Gobierno sirio o de los rebeldes se sostienen en un siglo de prohibiciones hacia este tipo de armas y el uso de estas no solo en campos de batalla sino en espacios públicos, como ocurrió con el gas sarín en Tokio. Asimismo, las series de TV utilizan esta amenaza de forma repetida, llevando a que este miedo se vuelva parte de la cultura popular, como en el pasado lo fueron los ataques nucleares. El problema, no obstante, es doble: primero, porque pareciera que otro tipo de armas o acciones violentas son permisibles mientras no se utilice armas químicas; y segundo, porque esta misma opinión pública puede terminar apoyando medidas basadas no necesariamente en información sólida con tal de impedir el uso de las mismas.

¿Cómo se creó esta opinión pública hacia las armas químicas? Es una historia que tiene más de un siglo, dado que estas armas se han usado en diversos contextos pese a que se han reforzado las convenciones para prohibirlas. En “La sombra de Ypres”, se hace un recuento suscinto de los debates alrededor del uso o prohibición de las armas químicas en el siglo XX. Como lo señala el texto, si bien lo que ha predominado en estas décadas ha sido su prohibición, ello no ha impedido que sean utilizadas, primero por estados y luego por grupos políticos y religiosos. Además, el que se busque excluir este tipo particular de armas no significa que las demás deban necesariamente ser toleradas porque sus efectos sean menos chocantes, cuando al final el propósito de las armas, sean químicas o no, es el mismo.

La sombra de Ypres

“Evidentemente”, escribió un exasperado Winston Churchill en el verano de 1944, “no puedo pensar como un cura y un guerrero al mismo tiempo”. A lo largo de julio, el primer ministro británico había estado preguntando a sus jefes militares reconsiderar el usar gas venenoso contra Alemania, solicitándoles “cálculos fríos” más que argumentos morales sobre la carga que significaba usar armas químicas. De manera unánime, los jefes militares rechazaron esa idea y Churchill aceptó a regañadientes.

La historia de las armas químicas es, en gran medida, la historia de las ocasiones en que estas no han sido usadas. Ello se debe en parte a que fueron prohibidas, incluso antes de ser usadas. Para cuando se dio la Convención de La Haya de 1899, nadie había tratado de usar proyectiles “con el único objetivo de diseminar gases asfixiantes o nocivos”, el tipo que la Convenció prohibió. En cierta medida se debía a que estos eran horribles. Para ser justos, como muchas de las armas, que son criticadas al ser introducidas como novedad, antes que su utilidad y familiaridad les hagan encontrar un espacio propio en los arsenales de los poderosos. Pero las armas químicas no han sufrido de ese proceso de normalización.

Pero ni el horror innato ni las demandas de la Convención de La Haya detuvo a los alemanes y sus oponentes de usar armas químicas en la Primera Guerra Mundial. Al menos 90,000 soldados murieron a causa de estas armas y más del doble de este número quedaron heridos por esta misma razón.

Las armas solían tener el efecto que sus usuarios deseaban; el argumento que las armas químicas han sido desplazadas porque no cumplen con ventajas tácticas es equivocado. Estas continuaron siendo usadas en la década de 1930, en la invasión a Etiopía por Italia y a China por Japón. Es más, como lo sostiene Richard Price de la University of British Columbia en un estudio sobre el aspecto tabú de las armas químicas, estas fueron vistas de manera diferente desde varios ángulos. Los bombardeos aéreos y marítimos, introducidos en la Primera Guerra Mundial, fueron rápidamente utilizados contra la población civil. Las armas químicas no. Pese a haberlas usado en los campos de Francia, y de seguir desarrollándolas y almacenándolas, los grandes poderes reafirmaron la prohibición respecto de su uso en el Protocolo de Génova de 1925.

El tabú se volvió más estricto luego de la Segunda Guerra Mundial, cuando fueron usadas solo por Japón. Su estatus particular aseguró que los líderes políticos se vieran involucrados en discusiones acerca de su uso, y no todos compartieron la opinión de Churchill que las prohibiciones éticas eran “solo una cuestión de moda”. Una opinión sólida a favor del uso del gas fue desarrollada poco antes que Estados Unidos atacara la isla de Iwo Jima; los japoneses que defendían las cuevas podían ser particularmente vulnerables al ataque. Franklin Roosevelt desechó sin embargo la idea.

Más sorprendentemente es enterarse que Adolf Hitler también se mostró reacio a usar armas químicas en el campo de batalla, pero no del uso de gas venenoso en campos de concentración. Quizás en parte por el tipo de represalias que un acto así podía traer. Y también quizás porque Hitler, quien sufrió los efectos del gas mientras combatía en la Primera Guerra Mundial, tenía una fuerte antipatía por dicho producto. En su historia de las armas químicas, “A Higher Form of Killing”, dos periodistas británicos, Robert Harris y Jeremy Paxman, notan que Raubkammer, donde Alemania probó sus armas químicas, fue el único campo de pruebas militares importante que Hitler nunca visitó.

La abnegación de Alemania fue triplemente agradecida. Un contraataque con armas químicas habría podido, según Omar Bradley, un general norteamericano, haber hecho la diferencia entre el éxito y el fracaso en las playas de Normandía. Aunque no lo sabía, Alemania tenía una poderosa arma contra los Aliados, habiendo desarrollado el gas nervioso de modo más letal que ninguna otra arma química hasta entonces conocida. Y al ser el arma “que ni siquiera Hitler emplearía” redobló el estigma sobre las armas químicas.

El legado de Saddam

El único agujero en el protocolo luego de la Segunda Guerra Mundial fue Saddam Hussein, quien empleó armas químicas contra Irán en la guerra entre Irán e Iraq así como contra los kurdos y otras minorías en Iraq. Del mismo modo que ocurrió con Etiopía y China en los años 1930, el estigma por usar armas químicas fue aparentemente matizado cuando las víctimas tenían pocos amigos en el mundo exterior. No obstante, fue un estímulo para que la Convención sobre Armas Químicas de las Naciones Unidas, que comenzó a aplicarse en 1997, limitara no solo su uso sino la producción y venta de las mismas.

Irak puede haber sido el único estado que haya empleado armas químicas en años recientes, pero en 1995 la secta religiosa Aum Shinrikyo atacó el metro subterráneo de Tokio con gas sarín hecho de manera doméstica en un intento por distraer la atención de la policía del allanamiento a los cuarteles de la secta. Aproximadamente mil pasajeros fueron afectados y una docena murieron. El ataque levantó el miedo de que estos gases podrían ofrecer un “artero balance” a grupos otrora débiles y marginados, según lo expresó Price. Desde entonces se han extendido los sistemas de detección armas químicas en las ciudades más desarrolladas.

Su uso por parte de terroristas podrían profundizar el tabú alrededor de estas armas. Como los críticos han señalado por más de un siglo, el tabú no es racional. Las armas químicas son arteras y espantosas, es cierto, pero también lo son las demás formas de matar y herir, y muchas de estas son más difíciles de evitar que sean empleadas en personas. Esta era la posición de Churchill, pero los curas y guerreros ganaron y el resultado es que al menos hay un arma que el mundo rechaza. Algunos podrán encontrar cierta esperanza en que este rechazo se extienda a otras formas de matar. Pero las circunstancias que llevaron a dicho rechazo sugieren que dicha generalización no será fácil.

armas químicas

The Shadow of Ypres. How a whole class of weaponry came to be seen as indecent, apareció en The Economist (31 de agosto de 2013). Una aproximación  bastante completa al tabú de las armas químicas se puede encontrar en The Idle Historian (10 de diciembre de 2012), de donde he tomado la imagen de la cabecera. También se debe consultar The Neuroscience of War, aparecido en The Atlantic (31 de agosto de 2013) sobre los aspectos neurológicos que tiene el gas en el cuerpo humano. Esta caricatura, de The Oatmeal, refleja lo que señalábamos al inicio del post sobre cómo la opinión pública se ha insensilbilizado respecto de los actos de violencia excepto cuando se trata de armas químicas.

Para más información y noticias sobre la tensión en Siria y la posible intervención de Estados Unidos, revisen el facebook del blog.

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José Ragas
Soy Ph.D. en Historia por la Universidad de California, Davis y Mellon Postdoctoral Fellow en el Departament of Science & Technology Studies en Cornell University. Mi investigación se centra en la formación de sistemas biométricos y tecnologías de identificación. Para conocer más sobre mis investigaciones, pueden visitar mi perfil o visitar mi website personal: joseragas.com.
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