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Independencia, investigación académica y difusión histórica: el caso norteamericano

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La reciente celebración de los Bicentenarios de los países latinoamericanos generó una cantidad innumerable de estudios en torno a dicha coyuntura. Congresos, compilaciones, homenajes, artículos, dossiers, websites, posts y toda forma conocida de producción fue desplegada, en un intento por poner en el centro del debate los difíciles y turbulentos años de la transición de colonias a repúblicas. Si bien el Bicentenario de gran parte de estos países ya es cosa del pasado, los estudios referidos a la coyuntura no han desaparecido del todo.

Este es un buen momento para plantear un balance de estos estudios: ¿Qué ha quedado de esa inmensa producción? ¿Cuáles son las ideas centrales que han cambiado nuestra forma de entender las Guerras de Independencia? ¿Sabemos más y mejor sobre los hombres y mujeres que pelearon para crear nuevas repúblicas en nuestra región? No soy experto en la época, pero a riesgo de equivocarme puedo señalar que no ha habido una “gran idea” que dirija los debates en torno a la Independencia durante el Bicentenario. La última “gran idea” fue planteada no en este último Bicentenario sino hace unos veinte años por Francois-Xavier Guerra, cuando cambió nuestra forma de entender este proceso, al colocar el marco de estudio en la hasta entonces obscura coyuntura de las Cortes de Cádiz.

Pero el propósito del post no está dirigido sobre el balance de estos recientes estudios, que otros colegas realizarán con más autoridad, sino un aspecto complementario que se desprende del artículo que va a continuación: ¿Cómo se transmite el conocimiento académico especializado hacia una audiencia más amplia? Eric Herschthal, profesor del Departamento de Historia de la Universidad de Columbia (EEUU) examina esta problemática a partir de una reseña triple de libros de divulgación que aparecieron con motivo del 4 de julio, fecha de la Independencia norteamericana. Este post puede permitir llevar la discusión al caso latinoamericano para examinar en dónde está el cuello de botella entre el conocimiento especializado y la difusión de esta información a través de best-sellers o textos escolares.

Nuevos y revolucionarios libros sobre la Guerra de Independencia, por Eric Herschthal

Cada Día de la Independencia la industria editorial ofrece nuevos títulos sobre la Independencias de Estados Unidos, prometiendo nuevas y frescas ideas. Este año no es distinto, con algunos de los más reconocidos historiadores anunciando grandes publicaciones. El Premio Pulitzer Joseph Ellis acaba de publicar Revolutionary Summer, que se centra en los pocos meses en los que las 13 colonias declararon su independencia. Viene casi de la mano con el libro del Profesor de Pennsylvania, Richard Beeman y Our Lives, Our Fortunes, Our Sacred Honor. Y el ganador del National Book Award, Nathaniel Philbrick, ha publicado Bunker Hill, que ya es un best-seller, y se enfoca en la batalla de 1775 que transformó el conflicto de un par de escaramuzas en una guerra.

Estos son libros cuidadosamente escritos que son sensibles a las actitudes contemporáneas (en ocasiones quizás muy sensibles). Pero usted estaría equivocado si cree que brindan una nueva perspectiva sobre la Independencia, porque ninguno de ellos considera seriamente las más recientes investigaciones realizadas por historiadores e historiadoras a lo largo del país, quienes tiene mucho que decir. Si has comprado un libro popular de ciencia, uno que viene con cierta aura de prestigio, y te das cuenta que este ignora años de investigación académica, podrías pedir que te devuelvan tu dinero. ¿Por qué un libro de Historia tendría que ser diferente?

Lo que todos estos autores comparten es un enfoque anticuado sobre alta política y batallas, áreas que la investigación histórica moderna considera estas como irrelevantes frente a las grandes preguntas que la Independencia plantea. El libro de Berman es esencialmente un estudio grupal de los 56 delegados, desconocidos unos de otros, quienes se reunieron en Filadelfia en 1774 para inaugurar el Congreso Continental. Uno termina de leer Our Lives con la impresión que los Padres Fundadores eran gigantes, con ciertas debilidades, que crearon por ellos mismos la democracia norteamericana.

El gigante de Philbrick no es precisamente un gigante pero sí el doctor de un gigante: Dr. Joseph Warren, médico de cabecera de John Adams y presidente de la primera legislatura de Massachusetts. Él encarnó los futuros ideales democráticos del país, un visionario, en términos del autor, un héroe olvidado que “ha visto el futuro”. Cuando la Batalla de Bunker Hill tuvo lugar, Warren se ofreció de voluntario, donde recibió un disparo en la cara. Su muerte a los 34 años dividió a los patriotas, pero Philbrick nos hace creer que hombres como él fueron los que ganaron la guerra.

El libro de Ellis, por otro lado, ofrece un giro revisionista del gran hombre y la gran batalla de la Independencia. En gran parte de Revolutionary Summer ninguno luce peor que Washington, quien con cierta frecuencia prefiere sacrificar la seguridad de sus tropas para redimir su honor personal. Los fundadores en Filadelfia son presentados como ingenuos en extremo, creyendo que Washington es una versión local de von Clausewitz. A las tropas de Washington no les va mejor: Ellis las llama un puñado de “novatos confiados” y “algo parecido a un ejército de inadaptados marginales”.

Lo que los salvó de la derrota fueron una serie de errores cometidos por un grupo de generales británicos, quienes lideraron lo que Ellis considera como el más poderoso ejército que haya existido jamás. Eso, y un tiránico gobierno británico que alienó a los amantes de la libertad norteamericanos. Las tropas de Washington lograron contener a los británicos justo a tiempo para que los Padres Fundadores declararan la Independencia, un momento de no retorno, como apunta Ellis. Al final, la democracia es concebida en el verano del 76, un periodo que demostró “cuán realmente cada lado se adhirió a los valores por los que decían pelear”. Incluso Ellis, el más escéptico de estos historiadores, no puede ayudar a localizar las raíces de la democracia más que en algunos momentos.

Estos historiadores hacen argumentos que no he visto en quienes han estudiado la Revolución por años. Implícito en todos ellos está la noción de que las ideas de libertad e igualdad difundidas por los Padres Fundadores hicieron que los colonos se adhirieran a su causa. Es un pensamiento muy reconfortante, pero que no se relaciona con las investigaciones más recientes. En gran parte de la guerra, la mayoría de colonos probablemente no querían saber nada de la guerra, un argumento recientemente planteado en una conferencia en Pennsylvania de notables historiadores. Los éxitos en el campo de batalla y las tácticas británicas pueden haber inflamado el sentimiento patriota, pero es erróneo considerar a esta causa genuinamente “popular”. Para atraer simpatizantes, los líderes patriotas locales tuvieron que echar mano del miedo y la intimidación, no apelar a sus corazones y mentes. En muchos pueblos, por ejemplo, los patriotas crearon grupos vigilantes, llamados Comités de Seguridad, que forzaron a los colonos a prestar juramentos de lealtad, prometiendo entregar a cualquier que pareciera sospechoso. En la guerra, en otras palabras, la Norteamérica colonial se debe haber sentido más como la Unión Soviética que como una república libre y abierta.

En estos días, los historiadores profesionales evitan estudiar batallas o a los Padres Fundadores como elementos aislados. Es más común colocar la Independencia en un contexto global, que ha provocado algunos análisis muy provocadores. Miren lo que ocurre cuando observamos la guerra desde la perspectiva de Inglaterra. En su nuevo libro The Men Who Lost America, Andrew O’Shaughnessy demuestra que los británicos manejaron mal la guerra no fue porque ellos fueran tiranos sino precisamente por lo opuesto: ellos manejaban el gobierno más democrático que el mundo hubiese visto. Los legisladores se dividieron sobre cómo responder a las protestas norteamericanas, y una prensa libre que solo atizaba las llamas de las facciones. El rey Jorge III, un entusiasta de la Ilustración, propuso un despliegue de fuerzas al otro continente para asegurar el control de la naciente democracia.

Jorge III esperaba una victoria fácil, pero el conflicto rápidamente se convirtió en una guerra mundial. La entrada de Francia en 1778 hizo evidente la debilidad de la flota británica. Esta se fue reduciendo a medida que las naves debían partir a proteger lejanas posesiones imperiales como India, África y el Caribe, que se vieron bajo amenaza por aquellos años. O’Shaughnessy le da total crédito a los patriotas (Ellis podría estar en desacuerdo). Para él, por qué la gente peleó tiene menos que ver con razones ideológicas –lo que Ellis llama de manera algo escéptica “la causa”- pese al confort que dichas ideas dieron a los colonos en esa época, y a los lectores de hoy. Tuvo que ver más bien con la ira popular provocada por la decisión de los británicos de incitar a los indios a pelear contra los colonos. Y también tuvo que ver con la decisión británica de armar a los esclavos a cambio de su libertad.

Ellis, Berman y Philbrick consideran el armar a los esclavos en apenas una nota a pie de página, si acaso. En cierto modo, no tuvieron opción, dado que se enfocan en algunos episodios breves de la década de 1770, cuando la guerra estaba confinada en el norte. Pero el conflicto rápidamente sufrió una transformación cuando se desplazó al sur, en 1778. Los nuevos libros prácticamente ignoran esta región, concentrándose más bien en un puñado de eventos ocurridos en el norte y que parecen obligados a albergar el sentido total de la Independencia norteamericana. Un análisis temporal más amplio que incluyeran los años finales de la guerra, así como el sur, hubiese revelado un panorama más complejo del que la Batalla de Bunker Hill muestra. Consideren lo ocurrido en Virginia, donde la guerra fue definitivamente sellada. Los plantadores ricos estuvieron complacidos de apoyar la libertad en tanto sus vidas no estuvieran en riesgo, como un artículo busca demostrar. Estos plantadores le pagaban a los pobres para que peleen por ellos, y cuando proponían un reclutamiento o leva, los menos acomodados de Virginia se rebelaban, sabiendo que esta medida recaería sobre sus hombros. Quienes protestaban pedían que la milicia fuese voluntaria, y a un precio muy alto: solicitaban tierra a cambio de enrolarse y esclavos para que cultivaran en estas. Las élites de Virginia aceptaron este pedido a regañadientes, confiscando esclavos de plantaciones abandonadas y apropiándose de tierras de comunidades nativas que los británicos habían dejado luego de la guerra. Incluso en ese momento, cuando los patriotas ganaron en Yorktown, la batalla que terminó la guerra en 1781, la milicia de Virigina apenas representaba el 20% de la tropa de 15 mil soldados patriotas. El Ejército Continental, muchos de ellos provenientes del norte, eran un tercio del total y más de la mitad eran franceses.

Estas nuevas historias de la Guerra de Independencia olvidan su dimensión global así como la realidad cotidiana de los colonos, pese a afirmar lo contrario. Estas consideran la retórica revolucionaria como indulgente, incluso al hacer referencia a cómo esta no pudo ponerse en práctica. Tiene sentido, después de todo, pues no haya nada menos romántico que las verdades complicada y desgarradoras de sociedades en conflicto. La ironía es que estas nuevas historias tratan de que la Revolución parezca relevante nuevamente. Y si prestamos atención a estos nuevos estudios nos daremos cuenta qué tan similar fue la Revolución a nuestras guerras actuales.

Quizás haya una lección que podamos aprender de los perdedores de la Revolución: los británicos. Ellos entraron a la que parecía ser una guerra fácil al otro lado del océano para tratar de zanjar divisiones locales, aun cuando perdieron la guerra a causa de excesivo celo imperial. O quizás podríamos aprender algo de la vasta mayoría de ambivalentes colonos, de aquellos que no estaban seguros de si la guerra valía la pena. La Revolución los intimidó o les dio falsas promesas. Su experiencia brinda una contundente lección sobre la arrogancia de la guerra, una lección que aún podemos agradecer hoy.

 

Revolution Blues, de Eric Herschthal, apareció en Slate (3 de julio de 2013) con motivo del aniversario de la Independencia de Estados Unidos. En el texto hemos traducido el término “Revolution” por Guerra de Independencia o Revolución indistintamente.

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José Ragas
Soy Ph.D. en Historia por la Universidad de California, Davis y Mellon Postdoctoral Fellow en el Departament of Science & Technology Studies en Cornell University. Mi investigación se centra en la formación de sistemas biométricos y tecnologías de identificación. Para conocer más sobre mis investigaciones, pueden visitar mi perfil o visitar mi website personal: joseragas.com.
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