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Redes sociales tempranas: los cafés como espacios de sociabilidad e innovación científica y empresarial

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El crecimiento exponencial de las redes sociales (Facebook y Twitter, entre otros), así como los diversos ámbitos en los que estos se han visto involucrados en años recientes -desde espacios globales de socialización hasta supuestos promotores de revueltas populares- ha llevado a buscar antecedentes a estas redes en el pasado. En algunos casos, esta pesquisa ha llevado a sugerir que la invención de la imprenta en el siglo XVI generó un primitivo sistema de circulación de impresos e ideas que lo asemejaría a sus pares actuales. En otros casos se han incorporado a las tertulias que se desarrollaron en el tardío siglo XIX en España como ejemplos alternativos de nuestras redes sociales.

Los cafés parecen cumplir con varios requisitos para establecer una suerte de lejano parentesco con nuestras contemporáneas redes sociales. Estos fueron objeto de investigación y escrutinio en los años 1980s en adelante, debido a la formulación de la teoría habermasiana del espacio público así como a la influencia francesa sobre los espacios de sociabilidad. El surgimiento de varios de ellos en el tardío siglo XVIII en la América colonial los llevó a una asociación con la Ilustración que se desarrollaba por esos mismos años. Los trabajos al respecto nos descubrieron espacios de agitación y que albergaban un sinfín de actividades alrededor del consumo de la bebida.

En el presente artículo, escrito por Tom Standage, se hace una comparación entre los cafés ingleses del siglo XVII con las modernas redes sociales en torno a la preocupación por si estos son espacios “productivos” o de “ocio”, lo cual permite al autor revelarnos poco conocidos aspectos de los cafés como espacios de circulación y producción de ideas.

Redes sociales en el siglo XVII, por Tom Standage

Las redes sociales son acusadas de ser enemigas de la productividad. De acuerdo a una conocida (acaso tendenciosa) infografía que circula por la web, el uso de Facebook, Twitter y sitios similares le cuesta a la economía norteamericana alrededor de US$ 650 billones cada año. Nuestra capacidad de concentración se atrofia y las pruebas muestran resultados negativos, todo debido a estas “armas de distracción masiva”. Preocupaciones similares tuvieron lugar en el pasado. En Inglaterra en el tardío siglo XVII se produjeron preocupaciones bastante parecidas sobre otro tipo de espacio mediático reciente, que parecía captar la atención de los jóvenes y reducir su capacidad para concentrarse en los estudios o en su trabajo: los cafés. Estos eran las redes sociales de su época.

Al igual que el café en sí, los cafés fueron traídos desde el mundo árabe. El primer café que se abrió en Londres lo hizo en Oxford en la década de 1650, mientras cientos de establecimientos del mismo tipo surgieron en Londres y otras ciudades en los siguientes años. La gente iba a los cafés no solo a beber café sino a leer y a discutir los últimos panfletos y volantes con noticias así como a enterarse de los rumores y chismes.

Los cafés eran también usados como oficinas postales. Los clientes podían visitar sus cafés favoritos varias veces al día para revisar su correspondencia, ponerse al tanto de las noticias y hablar con otros parroquianos, sean estos amigos o extraños. Algunos cafés se especializaban en discusiones de determinado tipo, como ciencia, política, literatura o compras. Debido a que los clientes se movían de uno a otro, la información circulaba con ellos.

El diario de Samuel Pepys, un oficial del gobierno, está lleno de variaciones de la frase “de ahí al café”. Sus apuntes dan la sensación de un amplio rango de conversaciones que encontró en dichos establecimientos. Las de noviembre de 1644 hacen referencia a “un discurso largo y apasionado entre dos doctores”, discusiones sobre historia romana, como almacenar cerveza, un nuevo tipo de arma náutica y un juicio legal.

Una razón por la que estas conversaciones eran tan apasionadas era que las distinciones sociales no existían al interior de estos locales. Los clientes no solo eran permitidos sino estimulados a iniciar conversaciones con extraños desde sus diversas experiencias. Como lo señaló el poeta Samuel Butler, “caballeros, mecánicos, lords, y la canalla, son todos uno solo”.

No todos aprobaban esto. Así como los críticos se quejaban de que los cristianos habían abandonado su bebida tradicional, la cerveza, por una bebida foránea, y que los cafés estaban alejando a las personas del trabajo productivo. Entre los primeros en alertar sobre este hecho estaba Anthony Wood, un académico de Oxford, en 1677. “¿Por qué el sólido y serio aprendizaje se encuentra en declive, y pocos o nadie lo sigue en la Universidad?”, se preguntaba. “Respuesta: Por los cafés, donde se pasa la mayor parte del tiempo”. Mientras, Roger North, un abogado en Cambridge, se lamentaba de “la vasta Pérdida de Tiempo. ¿Quién puede concentrarse en un Tema con su Cabeza llena de la bulla de un café?” Estos lugares eran “la ruina de muchos serios y esperanzados caballeros y comerciantes”, de acuerdo a un panfleto, La Gran Preocupación de Inglaterra Explicada, publicado en 1673. Lo cual trae de vuelta las alertas emitidas por comentaristas modernos. Una causa común de preocupación, entonces y ahora, es que estas plataformas de intercambio representan un peligro particular para la juventud.

¿Cuál era el impacto real de los cafés en la productividad, educación e innovación? Antes que ser enemigos de la industria, los cafés fueron crisoles de creatividad, debido a la forma en que facilitaban la circulación de ideas y personas. Los miembros de la Real Sociedad, la sociedad científica pionera de Inglaterra, solían refugiarse en los cafés para proseguir sus debates. Los científicos solían conducir experimentos y dar conferencias en los cafés, y debido a que el costo por entrar equivalía al de una taza de café, los cafés eran conocidos como “universidades de un penique”. Fue una discusión llevada a cabo en un café entre varios científicos lo que llevó a Isaac Newton a escribir su Principa Mathematica, uno de los pilares de la ciencia moderna.

Los cafés fueron plataformas para la innovación también en el mundo de los negocios. Los comerciantes usaban los cafés como lugares de encuentro, lo que dio lugar a nuevas compañías y modelos de negocio. Un café de Londres llamado Jonathan, donde los comerciantes tenían mesas especiales para poder realizar diversas transacciones, se convirtió eventualmente en la Bolsa de Valores de Londres. El café de Edward Lloyd, un popular lugar de encuentro para capitanes de navío, propietarios de embarcaciones y mercaderes, se convirtió en el afamado mercado de seguros Lloyd.

El economista Adam Smith escribió gran parte de su obra maestra La Riqueza de las Naciones en el British Coffee House, un lugar bastante conocido para intelectuales escoceses, entre los cuales circuló las primeras versiones de su libro para someterlo a debate.

No cabe duda que también se perdía el tiempo en los cafés. Pero sus méritos exceden con largueza a sus defectos. Los cafés provenían un vívido entorno social e intelectual, lo cual dio lugar a una oleada de innovaciones que cambiaron el mundo moderno. No es una coincidencia que el café mantenga su prestigio como una bebida de colaboración y socialización hasta el día de hoy.

El espíritu del café como espacio ha revivido en nuestras plataformas sociales. Estas, también, son abiertas a todos, y permiten que la gente de diversa procedencia pueda encontrarse, debatir y compartir información con amigos y con extraños por igual, forjando nuevas conexiones y proponiendo nuevas ideas. Dichas conversaciones pueden ser enteramente virtuales, pero tienen el enorme potencial de originar cambios en el mundo real.

Pese a que algunos jefes se burlan del uso de la social media en el lugar de trabajo, compañías con mayor visión han comenzado a incorporar versiones corporativas de Facebook, para impulsar la colaboración, descubrir talentos escondidos y conocimiento entre sus empleados, así como para reducir el uso del email. Un estudio publicado en 2012 por McKinsey & Company, una firma consultora, encontró que el uso de redes sociales incrementó la productividad alrededor de 20 a 25%.

El uso de la social media en la educación, por otro lado, está sustentado en estudios que demuestran que los estudiantes aprenden de modo más efectivo cuando actúan con otros estudiantes. OpenWorm, un pionero proyecto computacional de biología que comenzó con un simple tuit, ahora involucra a colaboradores alrededor del mundo que se reúnen vía Google Hangout. ¿Quién sabe qué otras innovaciones se vienen preparando en el café global de internet?

Siempre hay un periodo de ajuste luego de la aparición de las nuevas tecnologías. Durante esta fase de transición, que puede tomar varios años, las tecnologías suelen ser criticadas por alterar el modo de hacer las cosas. Pero la lección del café es que los miedos modernos sobre los peligros de las redes sociales están pasados de moda. Este tipo de media, en realidad, tiene una larga historia: el uso de los panfletos por Martín Lutero en la Reforma echa nuevas luces sobre su rol en la Primavera Árave y sus paralelos con los panfletos llenos de chismes que circularon en la Francia pre-revolucionaria y el uso del micro-blogging en la China moderna. A medida que nos enfrentamos con los desafíos planteados por las nuevas tecnologías, hay mucho que aprender del pasado.

 

Social Networking in the 1600s“, de Tom Standage, apareció en The New York Times el 22 de junio de 2013. Tom Standage es editor digital de The Economist y autor del libro  (2013).

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José Ragas
Soy Ph.D. en Historia por la Universidad de California, Davis y Mellon Postdoctoral Fellow en el Departament of Science & Technology Studies en Cornell University. Mi investigación se centra en la formación de sistemas biométricos y tecnologías de identificación. Para conocer más sobre mis investigaciones, pueden visitar mi perfil o visitar mi website personal: joseragas.com.
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