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El engaño de la austeridad

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Quizás lo peor que podría ocurrirle a un paciente de alto riesgo en tratamiento intensivo es enterarse, por medio de la prensa, que el remedio que se le ha aplicado y que se considera no solo el más apropiado, sino el único para mantenerlo con vida, tiene errores. O, para ponerlo de otra manera, que ese remedio es un fraude. Algo similar ha venido ocurriendo desde hace unas semanas, cuando Thomas Herndon y otros dos investigadores de la Universidad de Massachussets han cuestionado la data y la metodología usada por dos  economistas de la Universidad de Harvard, Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, cuyo trabajo habría servido de soporte científico a las medidas de austeridad para combatir la actual recesión en muchos países.

Aun cuando ambos economistas se han defendido y han señalado que se les ha atacado de manera “virulenta”, el daño está hecho. Las implicancias que este cuestionamiento tendrá no solo en las investigaciones académicas sino en las políticas fiscales sobre cómo enfrentar la crisis están por verse, pero ya se puede predecir que reducir gastos y afectar las políticas de bienestar o los salarios en nombre de la recuperación económica no será algo muy bien visto en los próximos meses. Hay por lo menos dos razones por las cuales este debate debería ser del interés de los historiadores. Primero, porque Reinhart y Rogoff basan su argumento en data histórica, reuniendo datos de 44 países en un lapso de tiempo de doscientos años. Segundo, porque esto está llevando a reevaluar episodios del pasado en base a la premisa de que la aplicación de la austeridad no solo es un error que puede corregirse sino que es peligrosa, tanto para el país que sigue la receta como para el resto del mundo.

¿Es muy pronto aún para descartar una política económica en base a un error en una investigación? En su reciente edición, Foreign Affairs pareciera dar una respuesta al acelerado desprestigio de esta receta económica al hacer eco de este revisionismo histórico. En un extenso ensayo, Mark Blyth, profesor de Política Económica Internacional y autor de Austerity: The History of a Dangerous Idea (2013), realiza un análisis del siglo XX  y señala cómo la aplicación de recortes solo complicaron las cosas en diversas partes del planeta. Una de las partes más peculiares de este análisis de Blyth es el rol que le asigna a la austeridad en las décadas de 1920 y 1930 y que llevaría a un mismo trágico resultado: la Segunda Guerra Mundial.

 


Hoy, austeridad; mañana, locura

Durante las décadas de 1920 y 1930, Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y Japón intentaron frenar su crecimiento de forma simultánea. Su proyecto no solo fracasó, sino que provocó la Segunda Guerra Mundial. La economía norteamericana de los años 1920 era una bestia extraña. Los precios de los productos agrícolas cayeron, el desempleo se elevó considerablemente y las acciones llegaron a un tope. Pero en 1929 la economía colapsó y el déficit se infló. En esta coyuntura, y temiendo que Estados Unidos pudiese seguir el ejemplo de Gran Bretaña y abandonar el patrón oro, los inversionistas enviaron su dinero fuera del país, provocado que las tasas de interés se elevaran y empeorando la contracción. En un ejemplo clásico de discurso de la austeridad, Hoover señaló qie el país no “buscaría la prosperidad sobre la ruina de los contribuyentes”, y en 1931 procedió de manera simultánea a elevar los impuestos y cortar gastos. Durante los dos años siguientes, el desempleo se incrementó de manera notable, de 8 a 23%, y la economía colapsó, al igual que lo hizo la habilidad de Estados Unidos para convertirse en el mercado de las exportaciones de otros países. La economía norteamericana no se recuperó completamente sino hasta que el gasto en tiempos de guerra redujo el desempleo a 1.2% en 1944.

La situación en el Reino Unido era difícilmente más favorable. El país había salido de la Primera Guerra Mundial en una situación mucho peor que Estados Unidos. Para crecer en el periodo de post-guerra, Londres tendría que haber devaluado la libra, lo que haría que sus productos fuesen más competitivos. Pero dado que Gran Bretaña era la potencia financiera más importante a nivel mundial así como el eje del patrón oro, cualquier indicio de devaluación podría haber producido pánico financiero en las tasas de intercambio, acelerado una variación en la libra y provocado una pérdida significativa en los activos británicos en el exterior. Atrapada en esta posición, Gran Bretaña estableció una alta tasa de intercambio, esperando atraer la confianza de los inversionistas, pero esto terminó destruyendo las exportaciones británicas y bloqueando la recuperación de postguerra. De modo que Gran Bretaña entró en recesión, con una altísima tasa de desempleo, en los años 1920.

Las cosas solo empeoraron para Gran Bretaña cuando Estados Unidos incrementó sus tasas de interés en 1929 para enfriar el boom de Wall Street y cuando se aprobó el Plan Young para el pago de reparaciones de guerra por Alemania, en 1930, dándole status a la deuda oficial sobre la privada, lo que significaba que las deudas oficiales de Alemania serían las primeras en ser pagadas en caso de haber problemas. Esto era importante porque anteriormente una gran cantidad de dinero privado norteamericano había ido a parar a Alemania dado que este gozaba de garantías por encima de las deudas oficiales. Cuando el Plan Young revirtió el estatus de la deuda, el retorno del capital de Europa a Estados Unidos aseguró que las tasas de interés de Gran Bretaña continuaran siendo altas y que la estagnación continuase.

Dado que el Reino Unido no podía ni elevar ni devaluar su moneda, la deflación (austeridad) permaneció como la política económica a seguir, aun cuando fuese auto-destructiva. Luego de repetidos momentos de cortes presupuestables, y pese a haber cortado con el patrón oro, Gran la deuda de Gran Bretaña se elevó del 170% del PBI en 1930 a 190% en 1933. Hablando en términos reales, hacia 1938 la economía británica estaba apenas mejor de lo que había estado en 1918. Así, las dos más grandes economías habían tratado de cortar su camino a la prosperidad al mismo tiempo, y ello solo trajo más dificultades. En Alemania y Japón, el resultado los llevó al fascismo.

Los problemas de Alemania durante este periodo están generalmente asociados con la hiperinflación de 1923, lo que se convirtió en el “cuco” de la economía doméstica de toda una era, una pesadilla que no debía repetirse jamás. Pero lo que esta interpretación deja de lado es que la hiperinflación fue más una política económica deliberada para evitar el pago de reparaciones a Francia que un intento equivocado de seguir la receta del modelo Keynesiano. Luego de la ocupación del Ruhr por Francia en 1923, el gobierno alemán comenzó a pagar salarios a los trabajadores locales como un acto de resistencia, provocando que el déficit se elevase. El banco central alemán, el Reichsbank, imprimió dinero para cubrir el déficit, lo que causó la devaluación del marco. Ello hizo imposible el pago de las reparaciones, forzando una renegociación de la deuda alemana. Poco después, sin embargo, la inflación se estabilizó y el país volvió a estar encaminado.

Cuando el nuevo plan de pago de reparaciones provocó que el dinero norteamericano huyera a Alemania, el Reichsbank decidió subir los intereses para revertir el flujo, provocando el declive de la economía. En este momento, el Partido del Centro ganó la cancillería y trató de manejar la política fiscal con severos cortes presupuestales. Pero mientras más ajustaba el gobierno, más ganaban territorio los nazis. En las elecciones de 1930, los nazis ganaron 18.3% del voto y se convirtieron en el segundo partido más importante en el Parlamento alemán. Ellos eran, después de todo, el único partido que se manifestaba en contra de la austeridad. Hacia 1933, a medida que los recortes proseguían, obtuvieron el 43.9% de los votos. La austeridad, no la inflación, trajo al mundo al nacional-socialismo.

El gobierno japonés aplicó la austeridad de forma más vigorosa que en ningún otro país. Luego de una caída en las acciones en 1920, el recorte presupuestal exacerbó una creciente deflación. El área más importante en el presupuesto militar de Tokio era el gasto militar, el que se había reducido en la década siguiente. Japón continuó gastando de modo que pudiese regresar al patrón oro, lo cual hizo en 1930, justo cuando las economías de Estados Unidos y Europa iniciaban una caída libre, reduciendo las exportaciones japonesas. El crecimiento de Japón cayó a 9.7% en 1930 y a 9.5% en 1931, mientras sus tasas de interés se disparaban. Pese al colapso, Tokio aceleró sus recortes, trasladando el costo de estos al sector militar. Para fines de la década de 1930, los militares consideraron que habían tenido suficiente.

Luego de la ratificación del Tratado Naval de Londres en octubre de 1930, el cual limitaba las construcciones navales, un grupo ultranacionalista intentó asesinar al Primer Ministro Osachi Hamaguchi, que finalmente murió a causa de las heridas recibidas. En 1932, el ex-ministro de economía Junnosuke Inoue, el arquitecto de la política de austeridad en los años 1920, fue asesinado. El ministro de economía del nuevo gobierno, Takahashi Korekiyo, abandonó la política de austeridad, y la economía comenzó a recuperarse rápidamente, creciendo a un promedio de cuatro por ciento anual entre 1932 y 1936. Demostrando que lo bueno no siempre viene gratis, Korekiyo fue asesinado en 1936, junto con otros políticos civiles. Hacia 1936, el gobierno civil había colapsado, provocando consigo el derrumbe de los experimentos de democracia y austeridad. La expansión imperial de Japón fue el resultado de ello.

 

The Austerity Delusion. How a Bad Idea Won Over the West apareció en Foreign Affairs para su edición de mayo/junio de 2013.

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José Ragas
Soy Ph.D. en Historia por la Universidad de California, Davis y Mellon Postdoctoral Fellow en el Departament of Science & Technology Studies en Cornell University. Mi investigación se centra en la formación de sistemas biométricos y tecnologías de identificación. Para conocer más sobre mis investigaciones, pueden visitar mi perfil o visitar mi website personal: joseragas.com.
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