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Chávez, la victoria electoral y la revolución de los paradigmas

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Con el triunfo electoral del pasado domingo 7 de octubre, Hugo Chávez aseguró su permanencia como presidente de la “República Bolivariana de Venezuela” hasta el 2019. Para entonces, serán veinte años desde su llegada al poder en 1998 con el 56% de los votos del electorado. Con un similar porcentaje de apoyo, pero con un 80% de la población electoral (casi veinte puntos más que en las elecciones de 1998), la elección del domingo vino a representar —lo quieran o no sus detractores— un tremendo golpe de legitimidad no sólo para el siguiente periodo del “candidato de la patria”, sino en forma general, para todo su proyecto “revolucionario”.

Ante los ojos de la oposición que por primera vez creyó que tenía posibilidades de ganar, el 7O (por 7 de octubre) la posibilidad de presenciar el fin de una etapa en la historia de Venezuela, se truncó. Éramos varios también los que esperábamos el fin de la era Chávez para empezar a pensar cómo situarlo dentro de la historia latinoamericana y delinear el fin de algunos procesos en ella. Nuevos antecedentes sobre su enfermedad, sus vinculaciones con Irán, China y Cuba, y la forma en que se ha encargado de eliminar toda voz disidente y de situarse a sí mismo a la cabeza del Estado venezolano, podrían haber empezado a aparecer si hubiera salido del poder. Eso no pasó.

El triunfo de Chávez, sin embargo, levanta hoy una serie de preguntas sobre cómo historizar y categorizar las democracias, dictaduras y populismos en América Latina, dónde cerrar ciclos y cómo nombrar gobiernos que son validados por elecciones, pero que desarrollan prácticas políticas coercitivas contra el libre ejercicio de los poderes del Estado y el desarrollo de ideas opositoras dentro del sistema político. Chávez y su modelo de “socialismo” “democrático” podría corresponder a un nuevo género político en la región, que nos recuerda nuestros orígenes caudillistas, la capacidad de las izquierdas situando los problemas sociales en el centro de la discusión política en los 60’s y los discursos antiimperialistas de la guerra fría. Todo esto, combinando elecciones como el principal mecanismo de legitimización política, con un creciente control sobre los otros poderes del Estado y los medios de comunicación.

Criticas no faltan a un país en el que, de acuerdo a cifras oficiales, se ha cuadriplicado la tasa de homicidios en los últimos 20 años, con altos niveles de corrupción interna y una presencia estatal que ha duplicado el número de funcionarios públicos. El tema, sin embargo, no es simple. Asumir la falta de educación cívica de la población venezolana, su falta de preocupación por las instituciones democráticas o una manipulación directa y efectiva del electorado por parte del gobierno como las únicas razones del triunfo de Chávez, es caer en explicaciones que sólo reproducen posiciones polarizadas que demonizan o santifican, pero que no contribuyen a entender la complejidad del fenómeno.

Efectivamente, en aquella “fiesta democrática” (como fue catalogado por el gobierno, la oposición e incluso por la misión electoral de la UNASUR en Venezuela), permanecen visibles una serie de fisuras que ponen en duda el peso de las elecciones como el único mecanismo definitorio de las democracias. Informes de la Comisión Interamericana de Derechos humanos de la OEA y de diversos organismos internacionales han denunciado la intervención clara del ejecutivo en otros poderes del Estado, señalado por ejemplo el aumento preocupante de la cantidad de jueces provisorios por sobre los titulares (llegando a cerca del 80% de la magistratura el 2003). Lo cual afecta profundamente la estabilidad y la independencia del poder judicial. El informe del año pasado del International Bar Association (IBA, organismo internacional supervisor de la profesión legal) preocupantemente señalaba que desde el año 2001 ningún juez ha ingresado al Poder judicial venezolano mediante concurso público.

El internacionalmente conocido caso de la jueza María Lourdes Afiuni, vino a poner en evidencia, de hecho, la frontera permeable entre las facultades del ejecutivo y el poder judicial. El 2009 Afiuni fue arrestada por supuestos cargos de corrupción, conspiración y abuso de poder, sin derecho a un defensor público según declaró Naciones Unidas. Esto, después de dejar en libertad a Eligio Cedeño, banquero venezolano e importante financista de políticos de oposición, acusado de evasión de impuestos, transacción ilegal de dólares, y puesto en prisión preventiva por tres años. La jueza Afiuni dejó en libertad al acusado aplicando una recomendación del Grupo de Trabajo sobre la Detención Arbitraria de Naciones Unidas y las leyes venezolanas que establecen un máximo de dos años de detención si no se ha establecido sentencia. Chávez desplegó su poder sobre la judicatura llamando a la jueza “bandida” en cadena nacional y exigiendo 30 años de prisión para ella. La particular obsesión de Chavez con la jueza Afiuni llevó incluso a que Noam Chomsky, quien ha declarado abiertamente su admiración a Chávez, escribiera el año pasado una carta abierta solicitando su liberación.

En la misma línea, el cierre del canal de televisión opositor “RCTV” hace cinco años, y las millonarias multas que Globovisión ha tenido que pagar por “mal comportamiento editorial” han marcado hitos en la capacidad del gobierno silenciando medios opositores y controlando la opinión pública. Chávez ha amenazado públicamente en varias ocasiones con “tomar” Globovisión o “revocar” su concesión que le permite operar en el país. Pese a que en campaña Chávez insistió en cómo los medios de comunicación “burgueses”, representando intereses extranjeros (norteamericanos), intentaban dominar la opinión pública, lo cierto es que no hace falta estar mucho tiempo en Caracas para darse cuenta del poder mediático del oficialismo a través de diarios de circulación gratuita y el control de la mayoría de los canales de televisión abierta.

Las preguntas que hoy se levantan, sin embargo, van más lejos de la transformación del Estado venezolano en los últimos años y la supremacía de Chávez dentro y fuera de él. El triunfo de Chávez pone en evidencia también el peso de políticas sociales y carismas políticos en las democracias contemporáneas. Querámoslo o no, la presencia del Estado en la vida cotidiana de los venezolanos se ha materializado en esos programas sociales que, aunque de corto alcance y generalmente de corte asistencialista, generan en la ciudadanía una lealtad irrefutable hacia el Estado y hacia quien lo encarna. El “socialismo del siglo XXI” ha sido una verdadera revolución discursiva y material para los sectores más pobres. Estos pasaron a estar en el centro del discurso político de la revolución, como tomando revancha del pasado en que el boom del petróleo sólo acentúo la división social y reforzó la indiferencia de la clase política sobre los temas sociales. En este sentido, el violento discurso de Chávez contra la “burguesía” y las clases medias (sólo matizado en las últimas semanas de la campaña), viene a ser una expresión de estas tensiones sociales de la Venezuela pre-Chávez y a la vez un catalizador de las mismas en un contexto en que los objetivos de la revolución requieren ser re-actualizados para garantizar su sobrevivencia.

Es por tanto, un reflejo extremo de la crisis de sistema de partidos en Latinoamérica y del culto a personalidades carismáticas por sobre partidos o ideologías políticas. Tras la vuelta a la democracia en 1958 el sistema de partidos en Venezuela asumió un papel protagónico. Hacia 1993, de hecho, Venezuela contaba con un sistema más o menos bipartidista, no polarizado, e institucionalizado. El debilitamiento de los partidos tradicionales como Acción Democrática y COPEI, centrales en el desarrollo democrático institucional del periodo anterior, y su reflejo en el apoyo del electorado, trajo un nuevo panorama político en Venezuela: polarizado, inestable y multipartidista. Sin duda, la crisis de legitimidad de la clase política tradicional reflejada en aquellos partidos políticos y su nula capacidad de actualización frente a las tensiones sociales, explican muy bien el surgimiento de figuras mesiánicas como las de Chávez.

Las diferencias entre las elecciones de Gobernadores, donde la oposición ha tenido una notable ventaja (en 2008 ganaron cinco estados) y las elecciones presidenciales (donde para sorpresa de la oposición, sólo ganaron dos), hacen evidente el peso de personalismos políticos y en particular la figura de Chávez como garante de un Estado paternalista. En las protestas de los trabajadores de la Alcaldía de Caracas en marzo y agosto pasado por el cumplimiento de derechos laborales se podían ver pancartas señalando algo no muy distinto al clásico “viva el rey, muera el mal gobierno”. Los “trabajadores revolucionarios” apelaban a su “comandante Presidente” para que castigara las actividades “corruptas” del Alcalde que no obedecía las disposiciones dadas desde el gobierno central.

En este sentido, habría que preguntarse por la validez que el discurso ‘socialista’, ‘anti-burguesía’ y ‘antiimperialista’ tiene fuera de las cúpulas de poder. La figura mesiánica del Estado proveedor encarnada en Chávez, parece no dejar cabida a sustratos ideológicos más allá de los discursos de Chávez. Los seguidores del “comandante” hablan de las viviendas, las ‘misiones’, y el acceso a educación y salud que Chávez les brindó. Independientemente de la discusión sobre la calidad y el funcionamiento de esas políticas, o incluso de la ideología que está detrás, el hecho es que la revolución hizo visible y material al Estado en los barrios y en la vida cotidiana de una manera nunca antes vista para gran parte de esos sectores que hoy piensan que Chávez sigue siendo la mejor alternativa.

Con esto, el triunfo obliga a analistas e historiadores a replantearnos los límites temporales y espaciales de los populismos y caudillismos en la historia de América Latina. Pero también nos obliga a plantear nuevas conceptualizaciones históricas sobre lo que entendemos como “democracia” y “dictadura” hoy. El fraude electoral ha sido descartado, incluso enfáticamente por los líderes de la oposición. Insisto, tanto el fraude, como la ‘ignorancia’ de los venezolanos, serían una respuesta que no explica del todo la complejidad del problema. El socialismo del siglo XXI, así como sus democracias y dictaduras, dejaron las lógicas bipolares de sus parientes del siglo XX, mientras antes entendamos eso, más rápido podemos generar explicaciones más útiles a los sistemas políticos de la región. Revolución, control sobre los medios de comunicación y otras ramas del Estado, tensiones sociales encubadas desde la mitad del siglo pasado, mesianismos políticos y democracia se combinaron ese domingo. El 7 de octubre significó un tremendo golpe para una aún pueril oposición, una tremenda legitimización para el chavismo y otros proyectos similares en la región, y una serie de preguntas sin respuesta sobre las combinaciones (a veces perversas) entre democracia y revolución.

El “viviremos y venceremos” utilizado como slogan (especialmente durante el tiempo en que su enfermedad tuvo mayor repercusión mediática, pero también incluido en el Programa de Gobierno y en la campaña), reúne muy bien el mesianismo de la figura de Chávez y de la revolución, ambas necesariamente proféticas sobre un estado de desarrollo superior que nunca finaliza. El 7 de octubre Chávez vivió y venció. Ahora, en un nuevo escenario post-elecciones donde la enfermedad de Chávez parece resurgir, y con esto, la necesidad de tener un segundo al mando (el nombramiento de Nicolás Maduro como Vicepresidente esta semana levantó suspicacias sobre ello), las preguntas giran hacia el futuro del chavismo sin Chávez y las transformaciones que esas lealtades desplegadas en las elecciones pueden tener en un escenario donde el mesías no pueda transferir sus poderes. El “viviremos y venceremos” requeriría una re-actualización. Sin embargo, aunque los personalismos son importantes, Chávez y su poder no se explican por sí mismos. Tanto su sucesor (si es que se necesita), como la oposición (si quiere llegar al gobierno), requieren entender la multiplicidad de factores que llevaron a Venezuela a vivir su más profunda revolución en su historia independiente, y a Chávez a ser la mejor alternativa política para el país por 20 años.

William San Martín es estudiante del programa de Doctorado en Historia Latinoamericana en University of California, Davis. Actualmente desarrolla su investigación sobre sistemas judiciales y formación del Estado en Colombia y Venezuela. wsanmartin@ucdavis.edu / https://twitter.com/wssanmartin

 

Créditos: La imagen de la cabecera proviene del archivo personal del autor del texto
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José Ragas
Soy Ph.D. en Historia por la Universidad de California, Davis y Mellon Postdoctoral Fellow en el Departament of Science & Technology Studies en Cornell University. Mi investigación se centra en la formación de sistemas biométricos y tecnologías de identificación. Para conocer más sobre mis investigaciones, pueden visitar mi perfil o visitar mi website personal: joseragas.com.
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  • Nicolas Bambach

    Cualquier intento de analisis del proceso economico y socio-politico por el cual pasa Venezuela, carece de toda validez cuando soterradamente se compara este modelo de hacer sociedad contra el imperante modelo neoliberal, asumiendo este ultimo como valido, sin explicar el por que de dicho supuesto. Por lo anterior, creo que esta columna finalmente cae en el lugar comun de gran parte de los analisis internacionales del caso Venezolano.

  • William San Martin

    Sin duda, un estudio del caso venezolano que considere como ideal un sistema neoliberal centrado en el libre mercado y la disminución del campo de acción del Estado (que entiendo es donde apunta el comentario de Nicolas), no hace más que satanizar y reducir nuevamente el campo de análisis. La pregunta acá sería, cuando hacemos una lectura crítica del fenómeno Chávez, ¿en qué estamos pensando como ideal? Esto no deja de ser controversial y como bien dice el comentario de Nicolas, obliga a hacer evidentes los supuestos desde los que partimos. Separación de los poderes del Estado, un sistema de partidos estables y plural, y el desarrollo de una opinión pública más o menos autónoma a mi ver son los principales -y a la vez menos discutibles- puntos de crítica a la revolución de Chávez. Estos, si bien podrían estar vinculados al sistema neoliberal actualmente imperante en occidente, están más bien vinculados a ideales republicanos en la formación de los Estados hispanoamericanos durante el siglo XIX, donde particularmente Venezuela fue protagonista del proceso en la región. Sin duda, este supuesto sí podría ser discutido en la medida que las historias de los Estados hispanoamericanos han demostrado trayectorias más complejas que esos ideales decimonónicos de raíz europea.

    Sin embargo, si bien las practicas caudillistas y populistas que sugiero y critico van en esa misma línea de análisis, no tienen que ver necesariamente con una sobrevaloración obvia de las actuales democracias occidentales. Si bien el análisis detallado de los proyectos sociales y las políticas económicas del gobierno de Chávez no tienen mucha cabida en la columna, lo que finalmente ésta está planteando es que en aquella revolución material y simbólica vivida por los sectores más pobres, y en su combinación con ciertas prácticas políticas (unas más claramente coercitivas que otras) podemos encontrar grandes respuestas al éxito del chavismo en las pasadas elecciones. Más allá de sobrevalorar un modelo actual, la propuesta y sus supuestos justamente llama a replantear y complejizar los límites conceptuales y temporales por los cuales hemos entendido las trayectorias de las democracias y dictaduras en la historia latinoamericana. Debemos finalmente recordar que es justamente el neoliberalismo económico y político durante gran parte del siglo XX quien se ha encargado de tejer aquella idea de los conceptos de democracia y dictadura como sustratos históricos naturalmente opuestos.