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Mariana Mould de Pease. De la ética y la moral de la preservación del patrimonio cultural

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De la ética conservacionista universal

“Patrimonio cultural” es un concepto que va definiéndose en el mundo occidental desde el siglo XVIII cuando ya hay una burguesía con recursos económicos propios que valora el arte y la arquitectura, los documentos manuscritos y publicados, así como los relatos orales entre otras expresiones de una identidad común y sobre todo de sus valores espirituales. Esta identidad local, regional y/o nacional va consolidándose en el siglo XIX más allá de los intereses de la realeza y la aristocracia europea que en tiempos anteriores había financiado a los artistas, arquitectos, escritores y demás creadores de belleza y otras expresiones que identifican a una comunidad y/o un país. Este apoyo incluyó -e incluye- financiar restauraciones y reconstrucciones. Es pertinente destacar que los magnates de la prosperidad que generó la era industrial en Estados Unidos en el siglo XIX destacaron por formar colecciones de obras de arte adquiridas en el exterior, sin escrúpulos.

La manera en que a lo largo del tiempo ha evolucionado el cómo se protege, defiende, conserva y preserva la herencia cultural común ha sido siempre -y lo será- materia de debate especialmente en países como el Perú que en algún momento fueron parte de los imperios coloniales europeos. Este debate evidencia los conflictos que emanan de nuestra diversidad cultural creativa que es generadora tanto de riqueza como de miseria y es resultante de las diferencias humanas, algunas inconmensurables.

Por ello, tengamos presente que la noción de normar una conciencia ética de la preservación del patrimonio cultural ya sea material o inmaterial comienza a estructurarse en el siglo XX. Concretamente, en 1946 con la creación de UNESCO, la Organización de las Naciones Unidas por la Educación, las Ciencias y la Cultura se proyectó pronto en la reconstrucción de las ciudades devastadas por la 2da. Guerra Mundial; y, a largo plazo -muy especialmente- en la restitución a los herederos de las obras de arte robadas por los nazi a los coleccionistas judíos. Es así que en abril del 2011, Sue Freeman de 75 años ha recibido dos cuadros de las ciento sesenta pinturas que formaban la colección de obras de arte de su familia judía oriunda de Austria que les fueron por los Nazis. Estas pinturas fueron hechas para su comercialización inmediata. La entrega la hizo la “Comisión por la recuperación del arte robado”, en concordancia con la “Convención sobre las medidas que deben adoptarse para prohibir e impedir la importación, la exportación y la transferencia de propiedad ilícita de bienes culturales” de 1970 y sus subsecuente normatividad suscrita por la Santa Sede, el Perú y otros países.

La restitución de las obras de arte robadas por los Nazis al término de la 2da. Guerra Mundial esta renovando el concepto de “patrimonio cultural” por diversas partes del mundo y muy especialmente la noción de veracidad y transparencia, al respecto. Esta renovación contribuye a que ahora los museos europeos comiencen a exhibir sus bienes culturales u obras de arte con la debida documentación de origen y procedencia; asimismo, que los comerciantes de obras de arte se vean obligados a cumplir con este requisito ético porque de no ser así pierden sus respectivas y prestigiosas identidades académicas, sociales y económicas ante sus clientes, las y los coleccionistas. El acatamiento del Código de Ética de los Marchantes de Arte del Consejo Internacional de Museos todavía condiciona su vigencia universal a las técnicas de investigación y exposición tanto científica como humanística de cada país, es decir, a la moral del coleccionismo.

De la ética a la moral de la preservación cultural

Concretamente, en el siglo XXI ya el robo y comercialización de los bienes culturales muebles es un delito que no prescribe en cualquier parte del mundo y en el largo plazo de la Historia por razones estrictamente éticas, cómo ya sustentaba en Lundero año 29, número 341 (2007). Por eso, recurrentemente doy a conocer desde sus páginas y en otros foros casos de robo y comercialización ilícita de bienes culturales muebles en el territorio peruano así como la necesidad y urgencia que dichos delitos sean documentados. Esta vez, traigo al presente la búsqueda de los tres óleos que fueron robados del Convento Museo de los Descalzos del Rímac a mediados del 2004 por que la Fundación que promueve su restauración y preservación de este recinto católico ha efectuado, recientemente, un desayuno franciscano con sus socios y amigos para recaudar fondos y manifestar su intención de seguir contribuyendo a su cuidado. Las páginas sociales de los medios de comunicación capitalinos han mostrado entre los asistentes a miembros de la aristocracia europea residentes en Lima, a prominentes personajes de las élites del empresariado, así como altos funcionarios -de ese entorno como es el Dr. Ramón Mujica, Director Nacional de la Biblioteca Nacional de Lima y especialista en arte barroco.

A comienzos de agosto del 2004 algunos medios de comunicación informaron con bastante detalle sobre como había sido el asalto a mano armada dentro del Convento Museo de Los Descalzos, ubicado en el distrito del Rímac de la capital de la República para robarse tres pinturas sobre metal. En ese momento puede conversar de este “robo sacrílego” con fray Julián Heras OFM quien me dio copia de la denuncia policial y como ya tenía el libro catálogo de las obras de arte pertenecientes a esta casa franciscana publicado en el 2002 por fray Félix Saiz Diez OFM hice cierta racionalización y difusión sobre la moral peruana al respecto. Ese trabajo me lleva a intuir que esta publicación fue probablemente utilizada como referente por quienes habían “encargado” estos óleos ya que los delincuentes de pistola en mano fueron monitoreados por celular para que entraran a la capilla y se adueñaran de estas obras de arte hechas para la devoción conventual limeña y bajopontina.

En los ocho años transcurridos desde entonces un grupo de adultos y adultas mayores estamos reuniendo documentos e información diversa sobre éste y otros “robos sacrílegos” como parte del acervo documental de la “Colección Franklin Pease G. Y. para la historia andina del Perú” para su puesta en valor en la Biblioteca Nacional del Perú; muy especialmente de periódicos habida cuenta el impacto generalizado que tienen en la opinión pública. La clasificación de este material archivístico y bibliográfico tiene la finalidad de facilitar las futuras investigaciones históricas sobre la manera en que se preserva el patrimonio cultural en nuestro país. Este conocimiento histórico aclarará a su debido tiempo documental del Perú. El Director de la Biblioteca Nacional toma decisiones autónomas, pero, ¿puede marginarse del cumplimiento de nuestras normas legales vigentes? Para responder esta pregunta y no detener la puesta en valor de la Colección Pease en la Biblioteca Nacional me he dirigido al Ministro de Cultura para que honre su propia Resolución Ministerial No. 009-2012-MC dada en Lima el 3 de enero del 2012 denominada “Lineamientos para la Suscripción de Colaboración en el Ministerio de Cultura” y represente al Estado Peruano en esta Asociación sin fines de lucro.
* Este artículo apareció originalmente en Lundero. Publicación cultural de “La Industria” (Chiclayo, Perú, julio de 2012, pp. 4-5). Ha sido reproducido con permiso de la autora

Sugiero también leer el post de Gabriela Ramos sobre lo que viene ocurriendo con el Convento de San Francisco (12 de julio de 2012).

Créditos: la imagen de la cabecera proviene de aquí y de la autora de aquí.

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José Ragas
Soy Ph.D. en Historia por la Universidad de California, Davis y Mellon Postdoctoral Fellow en el Departament of Science & Technology Studies en Cornell University. Mi investigación se centra en la formación de sistemas biométricos y tecnologías de identificación. Para conocer más sobre mis investigaciones, pueden visitar mi perfil o visitar mi website personal: joseragas.com.
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