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Alberto Flores Galindo (1949-1990). Homenaje y testimonios

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Aún cuando mi generacion no llegó a conocerlo, la presencia de Flores Galindo ha gravitado sobre esta de una manera como ningún otro historiador peruano lo ha hecho. Ni siquiera Basadre, cuya imagen afable esta más cercana a una solemnidad que invita a la distancia mas no al entusiasmo. Quizás Macera pudo haber compartido ese espacio para la irreverencia y la complicidad. Pero su opción política (el fujimorismo) así como su posterior ostracismo personal en la última década nos privaron de otra mente tan filuda como necesaria.

¿Como explicar entonces la persistencia de Flores Galindo, en un medio en el que la historia parece ser confinada a la memorizacion o a la anécdota pintoresca? En primer lugar, esta se debe a que su obra no se limitó a los estrechos marcos que la comodidad pretende darle a la Historia al convertirla tan solo en el análisis del pasado. Para él, el pasado y el presente se fundían en uno solo, en un espacio imaginario donde el archivo y la calle no se excluían.

En segundo lugar, su rol de transgresor lo llevó a incursionar en esa quimera tantas veces citada pero tan poco practicada que es (¿fue?) la interdisciplinariedad. En una época tan compleja como fascinante como fueron los años setenta y ochenta, en la que las fronteras de la Historia se redefinían constantemente, Flores Galindo supo echar mano de diversos recursos metodológicos hasta encontrar aquel o aquellos que le fuesen más ventajosos al momento de analizar una fuente o proponer una idea. Alguien que citaba por igual a Riva-Agüero y a cineastas como Pasolini o marxistas británicos es dificil de hallar, más aun si sus textos eran leidos por economistas, sociólogos, antropólogos, etc.

Su legado continua vivo, sin lugar a dudas. Como lo mencionábamos en una nota que redactamos entre Jorge Valdez y quien escribe (ver link al final de este post), en el extranjero su obra ha estado circulando desde hace algunos años atrás mientras al interior de las fronteras sus libros se siguen leyendo, por más que falte una edición popular de sus obras para hacerlas más accesibles. Sin embargo, este año de aniversario se va a cerrar con broche de oro, pues se anuncia la versión en inglés de Buscando un Inca, por el sello editorial de Cambridge University Press y con el titulo de In Search of an Inca. Identity and Utopia in the Andes. La traduccion ha corrido a cargo de Carlos Aguirre, Charles Walker y Willie Hiatt.

 

Los testimonios

La idea de rendirle un homenaje a Flores Galindo a traves de este post incluye la de reunir los testimonios de cuatro historiadores que fueron cercanos a él. Carlos Aguirre, Cecilia Méndez, Jose Luis Rénique y Charles Walker -todos ellos docentes en universidades norteamericanas- cuentan sobre el vínculo personal y cercano que establecieron con el homenajeado y cómo este influyó en sus trayectorias, no solo como colega sino como amigo y “compañero de ruta” en los dificiles años ochenta.

Carlos Aguirre (Universidad de Oregon). Alberto Flores Galindo y los tiempos de plagas

Recordar a Alberto Flores Galindo nos obliga a rememorar las luchas, esperanzas y frustraciones de las décadas de 1970 y 1980, años cruciales en la formación del Perú contemporáneo. La promesa (y la necesidad) de implementar reformas radicales en las estructuras sociales y económicas del país quedaron reflejadas en el proyecto velasquista iniciado el 68, en la movilización sindical y popular que tuvo su punto culminante en el paro nacional de Julio de 1977, en el surgimiento de una izquierda legal de masas con inusitado poder electoral que llevó a Hugo Blanco a la Asamblea Constituyente y a Alfonso Barrantes Lingán a la alcaldía de Lima, y en el autoritarismo letal de Sendero Luminoso que prometía el paraíso comunista en los Andes. En todos estos casos, sin embargo, el desenlace final representó una gran frustración colectiva: Velasco y su proyecto fueron derrotados por los sectores más conservadores de las fuerzas armadas, el sindicalismo sufrió los embates del neoliberismo y la crisis económica, la izquierda legal se deshizo en medio de pugnas de capilla y la ausencia de visiones renovadoras, y la “revolución” de Sendero devino en una guerra sucia que puso al país al borde del abismo.

Flores Galindo fue un observador atento y, en ocasiones, un actor central de esos procesos. Acercarnos a su obra require entender que ella fue concebida y ejecutada al interior de una sociedad que buscaba enfrentar desafíos históricos de enormes proporciones: liquidar el legado del colonialismo y el racismo, construir una nación inclusiva y democrática, e impedir que los valores y la cultura andinos se vean avasallados por la modernidad y lo que ahora llamamos globalización. Flores Galindo maduró intelectual y políticamente en pleno proceso velasquista, vivió intensamente los procesos que dieron forma al movimiento popular y clasista de los 70s, participó activamente de los debates que acompañaron el crecimiento desbordante de la izquierda electoral en el periodo 1978-1983, y enfrentó el desafío que representaba Sendero Luminoso desde una postura socialista ajena tanto al autoritarismo militarista como al modelo polpotiano de las huestes de Guzmán.

Reconstruir los veinte años de producción intelectual de Flores Galindo significa hacer un recorrido por esos años de pasiones y esperanzas, de ilusiones y frustraciones, de intensos debates intelectuales y políticos. Cada uno de sus trabajos fue pensado como parte de un debate a la vez historiográfico y político. La conquista y las sociedades andinas, la extirpación de idolatrías, las rebeliones de Túpac Amaru y Juan Santos Atahualpa, la crisis colonial, el racismo, las revueltas y tomas de tierras campesinas, las guerrillas de los 60, el velasquismo, el marxismo y la izquierda, los intelectuales, Arguedas: el abanico de temas que trató fue tan amplio como el espectro de sus preocupaciones metodológicas y teóricas, pero en todos ellos se puede percibir su intensa preocupación por la sociedad en que vivía. Sus modelos intelectuales –Mariátegui, Gramsci, Benjamin, Thompson, Vidal Naquet, entre otros- fueron pensadores que miraron al pasado para convertirlo en herramienta de transformación del presente. No hay otro historiador en el Perú del siglo veinte que haya logrado lo que Flores Galindo consiguió: conjugar en su obra y su esfuerzo vital (como investigador, profesor, conferencista, periodista, militante y animador de iniciativas culturales) el rigor académico, la pasión por la historia, una incesante curiosidad intelectual, y una tenaz intervencion en el debate político. Flores Galindo fue quien mejor encarnó la figura del intelectual público en ese “tiempo de plagas” que le tocó vivir.

Su vigencia, veinte años después de su muerte, radica no necesariamente en la infalibilidad de sus propuestas, sino en el ejemplo de su esfuerzo agónico por entender la dramática historia de nuestro país y por contribuir a forjar una sociedad justa y solidaria. En estos tiempos de desencanto, cinismo y frivolidad generalizados, cuando las injusticias y exclusiones no parecen generar la indignación que movilizó voluntades en tantas otras épocas de nuestra historia, la obra y el legado de Flores Galindo nos pueden servir de inspiración para resistir la tentación del conformismo y la apatía.

Cecilia Méndez (University of California, Santa Barbara). Recordando al Maestro

Lo conocí casualmente un día de 1980 en la Biblioteca Nacional. El año lo recuerdo muy bien porque acababa de publicarse la primera edición de Apogeo y crisis de la República Aristocrática, que él escribió junto con Manuel Burga. En la contratapa estaba su foto con esos inconfundibles lentes de carey. Nunca lo había visto en persona, pero ya lo admiraba; leía con avidez cualquier cosa que escribiera en revistas, y sus libros. Entonces me armé de valor; me acerqué, me presenté y le comenté que estaba haciendo una monografía sobre la rebelión de Rumi Maqui para un curso en la Universidad Católica y que había leído algo del personaje en su libro Apogeo y crisis y le pregunté si tenía algo para aconsejarme. De inmediato dejó lo que estaba haciendo y me sugirió ir a la terraza a conversar. Era muy alto, hablaba con gran entusiasmo,  moviendo las manos. Recuerdo que me dijo que viera los diarios de debates del Congreso y que estuviera atenta a la aparición de su nuevo libro, La agonía de Mariátegui, que ya salía. A lo cual agregó, “y cuando termines tu monografía, dámela para leerla”.

Nunca lo hice. No sé bien por qué. Creo que pensé que nada de lo que yo escribiera podría estar a su altura. Pero el impacto de esas palabras fue tremendo para mí . Qué podía yo, una chica de 20 años recién ingresada a facultad escribir que pudiera interesarle al ya consagrado Alberto Flores Galindo? ¿Por qué interesarse por lo que pudiera escribir una “cachimba” del oficio?  Pero así era Tito.  Esa actitud desprendida, desinteresada, y apasionada era justo lo que lo caracterizaba. Tito era pura avidez intelectual. Era un intelectual fecundo y generoso. Nunca vi a otro profesor que citara tanto los trabajos de sus alumnos. Tampoco es común entre los intelectuales ver un personaje tan gregario. Creo que todos sus proyectos intelectuales fueron colectivos. Mis visitas a su oficina, siempre llena de poetas, artistas, periodistas y estudiantes, fueron mi primera escuela de post-grado. Nunca entendí como escribía tanto si siempre estaba rodeado de gente. Y cuando se lo pregunté una vez, él, detrás de su vieja máquina de escribir, me dijo con la mayor naturalidad sin la menor pretensión: “¿Ah? Me lanzo nomás”.

En los diez años que duró nuestra relación, desde aquel encuentro en la Biblioteca Nacional, hasta su muerte prematura, nunca lo tuve de profesor. Pero, que duda cabe, fue mi mejor maestro. Quizá el maestro se distingue porque su ejemplo inspira. Después de 20 años me sigue inspirando.

Jose Luis Rénique (Lehmann College). Tito: Lo que perdimos, lo que recordamos

De esa singular “revolución historiográfica” que, según Peter F. Klaren, se produjo en el Perú a partir de los 70, Tito Flores fue un protagonista fundamental. No sólo por su obra escrita —larga y justicieramente valorada—sino por sus aportes a generar una comunidad de historiadores contraviniendo arraigados criterios de jerarquía, clientelaje y exclusión prevalecientes en ese sector letrado. Al respecto, en primer lugar, habría que recordar su contribución a la forja de un estilo que promovía vínculos horizontales sobre la base de una entusiasta —y desafiante— convocatoria a la investigación que incluía a alumnos y colegas por igual. Que esa convocatoria, en segundo lugar, se sustentaba en una agenda de investigación que Tito disemina en forma escrita y oral, formal e informal, suscitando una notable sinergia generacional; cuántos, habría que preguntarse, recibimos de Tito sugerencias de tópicos de investigación o nos beneficiamos de los vínculos que supo cultivar, allende las aulas de la PUCP y el estrecho medio letrado limeño.

Que, por esa vía —en tercer lugar— sería Tito el catalizador de una fundamental renovación de la imagen pública de la investigación histórica, rescatándola de su vieja imagen oficialista y conservadora,  rejuveneciéndola, acercándola a los medios periodísticos, a las actividades de extensión cultural y, en general, al debate sobre la actualidad del país. Que, como consecuencia de estas dinámicas, en cuarto lugar, coadyuvó a la configuración de un espacio de debate e intercambio de ideas sobre el pasado peruano inexistente hasta entonces en un medio en que las trayectorias intelectuales habían sido, generalmente, solitarias experiencias individuales. En el momento mismo en que la Historia se consolidaba como actividad profesional en el Perú, finalmente, Tito se preocupó por darle a nuestra actividad un horizonte alternativo –a través de SUR y de la revista Márgenes— en que el concepto de un “pensamiento comprometido” –que comenzaba a diluirse hacia mediados de los 80—pudiera encontrar un refugio y una plataforma.

Perdimos, con su partida, al gran dinamo de aquel vibrante proyecto colectivo. ¿Podrá retomarse? Tiene la palabra la nueva generación.

Charles Walker (University of California, Davis). Tito Flores Galindo

Tuve suerte de conocer a Tito Flores. Fue exactamente en 1982, luego de seguir un intercambio en la Universidad Católica entre 1979 y 1980, y cuando retornaba a Lima tras terminar una maestría en estudios latinoamericanos en la Universidad de Stanford, donde fui alumno de Jean Franco y Richard Morse.  Tenía intenciones de investigar sobre la Lima de Mariátegui y Tito había publicado La agonía de Mariátegui pocos años antes (1980). Él se mostró interesado en los libros que traje sobre la Viena de Wittgenstein así como en otros, por ese entonces, trabajos recientes de historia urbana.  A pesar de cierto desdén suyo por el mundo académico norteamericano, apreciaba mucho a Franco y Morse.

En las muchas conversaciones que tuvimos no dejaba de recomendarme archivos y presentarme nuevas amistades.  Yo trabajaba en el Colegio Roosevelt y, pese a mis excusas de que estaba exhausto después de enseñar todo el dia, me aconsejó con cierta impaciencia que durmiera una siesta corta y fuera de inmediato todas las tardes a la Biblioteca Nacional. Tito era incansable, y eso explica cómo llegó a ser tan productivo e influir en tanta gente. Él nos apoyó a mi esposa Zoila Mendoza y a mí cuando quisimos ir a enseñar a Huancayo a la Universidad del Centro, lo cual no se pudo debido a la presencia de Sendero Luminoso. Pero cuando decidimos ir a hacer el doctorado a la Universidad de Chicago él estuvo ahí también para darnos su apoyo. Cuando regresamos al Perú en 1988 se alegró con nuestra decision de ir a vivir al Cusco y asociarnos con el Centro Bartolomé de Las Casas.

Mi deuda con Tito incluye haberme presentado a varias personas que llegaron a ser amigos íntimos. Él me habló de Iván Hinojosa y su investigación sobre el Cusco. También me recomendó conversar con Aldo Panfichi sobre Lima. Y me habló muy bien de un joven llamado Carlos Aguirre, quien escribía muy buenos ensayos periodísticos sobre Lima y las clases populares. Los tres son amigos y colaboradores hasta el día de hoy. Con Carlos y Willie Hiatt hemos terminado la traducción al inglés de Buscando un Inca que Cambridge University Press publicará en octubre de este año. Aunque la traducción resultó más trabajosa de lo pensado, expresa nuestro reconocimiento a Tito por su calidad como historiador y persona.

Cuando me acuerdo de Tito comparto la admiración que muchísima gente sentía y siente aún por él. Era una persona tremendamente humana, con un buen sentido de humor y una fuerte lealtad a sus amigos y seres queridos. Tal vez si no hubiese tenido esa calidad humana sumada a cierta humildad, su inteligencia podía haberse considerado intimidante.  Pero hacía sentir su presencia de manera notable.  Pese a un cierto estilo informal (no tan común en las universidades peruanas hace 25 años) y una forma peculiar de hablar —sea en un salón o en la mesa de un café—, todos le prestaban atención.  Como lo mencioné, era incansable. Nadie entiende cómo escribió tanto si a la vez dictaba, trabajaba con varios estudiantes, daba charlas, debatía, y hasta dirigía una serie de revistas y centros de investigación.  Carlos Aguirre ha acertado en llamarlo un “intelectual público”. Tal vez el último de esta especie. Traducir Buscando un Inca nos ha permitido entrar muy de cerca en su trabajo y su manera de pensar el mundo.

Esperamos que la traducción sea un homenaje meritorio a la gran persona que fue Tito Flores. Como lo dije al principio, tuve suerte de conocer a Tito Flores. (Foto: Punto edu)

Links útiles

Alberto Flores Galindo. Reencontremos la dimensión utópica. Leer aquí

Carlos Aguirre. Cultura política de izquierda y cultura impresa en el Perú contemporáneo (1968-1990): Alberto Flores Galindo y la formación de un intelectual público. Leer aqui

Jose Luis Renique. La utopía andina hoy (Un comentario a Buscando un Inca). Leer aqui 

Jose Luis Renique. Flores Galindo y Vargas Llosa: Un debate ficticio sobre utopías reales. Leer aqui

Nelson Manrique. “Vivió a una velocidad tremenda”. Entrevista de Pedro Escribano. Leer aqui

Nelson Manrique. La agonía de Flores Galindo. Leer aqui 

Jorge Valdez y José Ragas. La vigencia de la utopía. A 20 años de la muerte de Alberto Flores Galindo. Leer aqui

Jose Ragas. Historia y Compromiso: Un acercamiento a la obra de Alberto Flores Galindo. Leer aqui

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José Ragas
Soy Ph.D. en Historia por la Universidad de California, Davis y Mellon Postdoctoral Fellow en el Departament of Science & Technology Studies en Cornell University. Mi investigación se centra en la formación de sistemas biométricos y tecnologías de identificación. Para conocer más sobre mis investigaciones, pueden visitar mi perfil o visitar mi website personal: joseragas.com.
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