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Cultura popular y reformas borbónicas en el México colonial

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Hacia fines de los años sesenta se desarrolló entre los cientistas sociales una clara tendencia a examinar los movimientos sociales de resistencia, ya sea a los gobiernos como a los poderes coloniales. Esta línea encontró sus primeros adeptos en Europa, al abrigo del enfoque socio-económico, que puso énfasis en las revueltas previas a la Revolución Francesa. Textos como los de Ernest Labrousse encontraron acogida entre los historiadores que estaban orientándose hacia el estudio de las rebeliones pre 1789 con base cuantitativa, tales como Jacques Godechot y Georges Lefebvre, Pierre Goubert, además de Michel Vovelle, quien se valdría de la cuantificación para analizar la dimensión subjetiva de la población de ese entonces.

Al otro lado del Canal de la Mancha, los historiadores (tanto los de orientación marxista como los demás) estaban redescubriendo el carácter popular de estas revueltas y buscando escapar a la percepción de los campesinos como autómatas que reaccionaban a las presiones desde arriba para explorar aspectos de la cultura popular que no estuviesen relacionados necesariamente con la protesta abierta ni los medios violentos. Las primeras revueltas contra la industrialización les proveyeron de este marco al mismo tiempo que ponían a disposición de los lectores un universo rico en prácticas y símbolos, con herramientas provenientes sobre todo de la antropología. Textos previos como los de Eric Hobsbawm (su Rebeldes Primitivos cumplió medio siglo el año pasado) fueron guía para autores como E.P. Thompson o aquellos interesados en la historia popular y oral.

Esta línea de interpretación encontraría una vertiente más politizada en la academia norteamericana, la cual influiría en el estudio de los movimientos de resistencia que se venían desarrollando en los Andes, y que tuvo un pico importante con la publicación de las obras de Miguel León Portilla y Nathan Wachtel. En los Andes, la aparición de la compilación de Steve Stern sería otra muestra de la importancia que estaba cobrando el estudio de las revueltas tanto en el periodo postconquista como en la coyuntura de las reformas borbónicas, y que se abrieron al análisis de movimientos de resistencia cultural, como los desarrollados durante las campañas de extirpación de idolatrías o a lo largo del periodo colonial (aquí cabe mencionar la propuesta de Thierry Saignes sobre la borrachera y la utopía andina de Flores Galindo y Manuel Burga, entre muchos otros).

 
El pueblo se divierte, los Borbones no

Este apretado resumen no incluye muchos otros trabajos ni interpretaciones sobre un tema que ha devenido en central entre los historiadores de América Latina y el resto del mundo. En este post quiero comentar y resumir uno de los libros que más acogida tuvieron al respecto, el del historiador mexicano Juan Pedro Viqueira Albán, ¿Relajados o reprimidos? Diversiones públicas y vida social en la Ciudad de México durante el Siglo de las Luces, traducido al inglés como Propriety and Permissiveness in Bourbon Mexico (y que puede ser leído aquí en Google Books).

Una de las primeras advertencias que nos da el autor es cómo bajo la aparente fachada de prosperidad y de riqueza minera, existe un sedimento de protestas, alzas en los precios del trigo, bandolerismo, etc., algo que ya había advertido por Enrique Florescano y enfatizado por Eric Van Young al hablarnos de los “claroscuros” del México borbónico. Es en este contexto en el cual los Borbones y los ilustrados van a trata de implantar uns disciplina que va desde la imposición del orden como del buen gusto y el refinamiento en prácticas que ellos consideran poco menos que bárbaras.

Como lo mencionaba Roy Porter, estos ilustrados no actuaron contra la corriente, tratando de imponer su idea a gobernantes despóticos. Todo lo contrario: los gobernantes necesitaron de los ilustrados para implantar una plataforma de reformas racionales que permitieran salir del estado de postración en el que se hallaba el reino. Al mismo tiempo, se dotaban de un aura de legitimidad en consonancia con los tiempos modernos.

No debe sorprender que esta alianza diera como resultado una percepción poco menos que utilitaria de las clases populares, a las que se veía como sujetos inertes, pasibles de aplicárseles cuanta política pública estuviera al alcance de la mano con tal de mantener el orden social. Para ello era necesario establecer una serie de reformas de los espectáculos públicos, desalentando aquellos que hubiesen degenerado o impulsando nuevas prácticas bajo el tamiz ilustrado.

En el primer grupo se encuentran las corridas de toros, las cuales existían desde los primeros tiempos de la Colonia pero cuya percepción fue variando con los años, hasta llegar a ser vistas como algo que debía desaparecer. Viqueira establece un interesante derrotero de cómo se fue desmontando la importancia inicial de las corridas hasta que dejaron de tener la importancia de antaño.

El teatro corrió una suerte distinta, pues si bien también llegó un momento en que el caos y el desorden imperaban en ese reciento, se buscó implantar una serie de reformas que permitieran recuperarlo y utilizarlo como un vehículo de disciplinamiento. Así, el reglamento de 1786 vino a marcar la pauta de lo que serían los espectáculos teatrales, prohibiendo, por ejemplo, la representación de comedias de carácter religioso y establecer una censura previa a las piezas que se dieran en el Coliseo. De igual modo, sancionaba el comportamiento de los actores que pudieran atentar contra la moral pública. Las normas en cuanto al público no dejan de ser interesantes: separación por sexos y prohibición de ruidos y bulla durante la función.

El contenido de las obras debía, por consiguiente, ajustarse al espíritu ascético del racionalismo, así como dejar de presentar obras desordenadas y caóticas, que no respetaban la regla de las tres unidades, como lo eran: el espacio, el tiempo y la acción. Ahora que la censura se había desplazado de manos eclesiásticas a civiles, se buscaba más que una representación correcta a los canones religiosos, obras que estimularan el buen gusto de la audiencia.

Las Guerras de Independencia y el nuevo régimen trataron de sacar provecho de esta plataforma, pero no pudieron evitar los conflictos entre los diversos bandos que habían llegado al poder y que buscaban imponer su visión centralista, federalista, liberal o conservadora de lo que debía ser el país.

Los resultados no siempre fueron los esperados y de ningún modo puede calificarse de éxito los intentos de reforma de las costumbres en los espectáculos públicos en la Nueva España colonial.

En parte, razones presupuestales explican este fracaso: el pueblo no compartía el refinado gusto de los ilustrados, y los empresarios, que vivían de las entradas, así como las instituciones que eran mantenidas por los ingresos del teatro, tuvieron que resignarse (sin mucho esfuerzo, por cierto) a poner las obras que le gustaban al populacho. Al igual que en el Juego de la Pelota, las autoridades tuvieron que rendirse a la plebe y aceptar el fracaso por imponer el orden deseado.

 
Fuente de la imagen, aquí

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José Ragas
Soy Ph.D. en Historia por la Universidad de California, Davis y Mellon Postdoctoral Fellow en el Departament of Science & Technology Studies en Cornell University. Mi investigación se centra en la formación de sistemas biométricos y tecnologías de identificación. Para conocer más sobre mis investigaciones, pueden visitar mi perfil o visitar mi website personal: joseragas.com.
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