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15 March
2009
Especiales
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Contra el olvido: ¿Por qué un Museo de la Memoria en el Perú?

Para ser un país que muchos considerarían amnésico o, cuando menos, desmemoriado, debe sorprender que los hechos ocurridos entre 1980 y 2000 sigan latentes con una sorprendente intensidad. Desde la publicación del Informe Final de la CVR (sino antes), es posible distinguir dos grandes corrientes respecto al tema: aquellos que reclaman el cumplimiento de las recomendaciones de la CVR, en especial lo referido a las reparaciones a las víctimas como una forma de cerrar heridas y proceder a la siguiente etapa, que sería la reconciliación. Por otro lado, están quienes señalan que el Informe Final es tendencioso además de injusto con los militares que defendieron la Nación en tiempos de violencia. Demás está recordar que esta polémica, en un afán simplificador que ha obstaculizado el debate,  ha optado por dividir ambos grupos en “izquierda” y “derecha”, identificando a los primeros con ex miembros de agrupaciones izquierdistas ahora defensoras de los Derechos Humanos y a los últimos como reaccionarios miembros del Gobierno que ponen al Estado por encima de cualquier “exceso” cometido en nombre de la paz.

La forma en la cual se ha tratado de cerrar el periodo de violencia que asoló el país ha sido por medio de los testimonios de las víctimas, el procesamiento judicial de los responsables y la conmemoración de ceremonias en nombre de aquellos cuyos rostros estamos comenzando a conocer y que en su momento fueron reducidos a una fría estadística. A partir de la difusión del Informe de la CVR, este se convirtió en el blanco de quienes manifestaban su disconformidad con el mismo y preferían que el tema no se abordara más.  No obstante, el Informe ha servido como un disparador para que los sucesos relacionados con la violencia entre 1980 y 2000 pudiesen ser discutidos y analizados. Al igual que otros países que afrontaron conflictos internos y un número considerable de ciudadanos muertos, como España,Chile, Argentina, Japón y Alemania (entre muchos otros, por supuesto), el Perú ha atravesado una situación similar en el proceso de encontrar la mejor manera de cerrar ese pasado para que no repita. Al respecto, cabe mencionar que no existe una fórmula y que pese a los notables esfuerzos de los países señalados anteriormente aun existen debates, polémicas e incluso sectores en contra, como es natural esperar de lo relacionado con el recuerdo y la (re)construcción de un presente y un pasado en naciones que han pasado por un momento traumático de su historia.

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Si bien solo el tiempo puede ayudar a cerras dichas heridas, es mucho lo que se puede hacer desde las instituciones y los centros académicos. Precisamente hace unas semanas, el Gobierno de Alemania ofreció una generosa donación para la construcción de un Museo de la Memoria en el Perú, similar al que tienen otros países, siendo los más conocidos el Holocaust Memorial Museum de EEUU, el Museo Internacional de la Cruz Roja en Suiza y el Centro de Documentación de la Memoria Histórica en España, según lo refiere Luis Jaime Cisneros Hamman. Las reacciones al ofrecimiento no se hicieron esperar, con la manifiesta negativa del Gobierno peruano a aceptar el dinero. Asimismo, el Instituto Democracia y Derechos Humanos de la PUCP fue uno de los primeros en pronunciarse a través de un comunicado. Al mismo se podría sumar el comunicado de personalidades que han protestado por el rechazo de la donación por parte del Presidente (véase el último artículo de Mario Vargas Llosa en El País). Diversos agentes del Gobierno y autoridades eclesiásticas (el Primer Ministro, el Ministro de Defensa, un congresista de lamentable recordación y el Cardenal), esgrimieron argumentos para desviar la construcción del museo en sí, siendo el principal discurso el de destinar el dinero a los pagos de las reparaciones civiles a las víctimas. A estas alturas no debería sorprender la posición del Gobierno, que se incomoda y reacciona de manera más que desmesurada cuando el tema del conflicto armado interno sale a relucir.

Todo esto ocurre precisamente cuando estamos a pocas semanas de la contra-la-memoria-contra-el-olvido-cvr-audienciaslectura de la sentencia a Fujimori, el único mandatario acusado de crímenes de lesa humanidad por su responsabilidad en las ejecuciones extrajudiciales y la guerra sucia librada durante su gobierno. Asimismo, la noticia del premio (con su dosis de paranoia entre algunos que no vieron la película y se lanzaron a opinar en contra de la misma) en el Berlindale a Claudia Llosa por su película La Teta Asustada ha contribuido a remover el tema desde el género, al igual que la publicación de la última novela de Miguel Gutiérrez, Confesiones de Tamara Fiol, en la que el novelista trata de centrarse no en las víctimas sino en la biografía de quienes iniciaron la espiral de violencia desde el interior del país. De esto se puede anticipar una conclusión: el tema del conflicto armado interno ha llegado para quedarse y ha logrado trascender al Informe Final de la CVR y el mundo académico y político. Desde hace mucho que el arte y la cultura han asumido como suyos los temas relacionados con la guerra que nos destrozó por dentro como país, de modo que, al menos por ese lado, su presencia está asegurada, como una forma de asimilar y entender lo que ocurrió durante esas dos décadas de infamia.

Espero que el lector disculpe este largo rodeo, pero era necesario contextualizar (de manera muy apretada, es cierto), el recorrido del debate que envuelve a los peruanos durante estas semanas y sobre el cual los historiadores, como personas entrenadas en analizar y explicar el pasado para que este pueda ser útil a la sociedad, podemos y tenemos que manifestar nuestra postura. Se ha producido un debate alrededor del tema, lo cual ha descubierto que las opiniones a favor o en contra del Museo se han trasladado al interior del gremio. Al mismo tiempo, los blogs de historiadores han rebotado la noticia con notables aportes que ayudarán a formarnos un juicio más apropiado, entre ellos El reportero de la Historia, La bitácora de Hobsbawm y Ahora en la historia. Algunos aspectos a destacar sobre esta reciente polémica es que ahora los historiadores tienen en los blogs un espacio privilegiado que les permite expresarse sin las limitaciones de la palabra impresa, que podían abarcar desde la ausencia de publicaciones de corte contemporáneo hasta la demora en su publicación. En segundo lugar, los historiadores hemos logrado sintonizar con temas contemporáneos que venían siendo abordados por otras disciplinas, como la ciencia política (véase los posts de El Jorobado de Notre Dame y Martin Tanaka, entre otros), la crítica literaria (Puente Aéreo) y la filosofía (el blog de Gonzalo Gamio es referencia obligada para esta perspectiva). En tercer lugar, el debate sobre el Museo de la Memoria ha permitido que comencemos a establecer paralelos con lo que está ocurriendo en otras partes del mundo, como la polémica acerca del negacionismo del Holocausto por parte del sacerdote Richard Williamson y la demora de la Santa Sede en condenar esta actitud de un miembro de la Iglesia Católica.

contra-la-memoria-contra-el-olvido-plaza-de-la-memoria-pucpA diferencia de otros espacios similares, la construcción de un Museo de la Memoria envuelve problemas específicos. No se trata del primer monumento de este tipo en el mundo ni en nuestro país, y a pesar que no contamos con un mapeo de cuáles espacios a nivel nacional son considerados “espacios de la memoria” relacionados con el conflicto armado interno, la erección de estos ha conllevado agrias disputas y polémicas, como ocurrió con El Ojo que Llora y la Plaza de la Memoria al interior de la PUCP. De un lado, estaban quienes apoyaron su construcción como un homenaje permanente a quienes habían caído bajo la irracionalidad de la violencia, provinieran del bando que provinieran. Del otro, quienes no respetaron estos espacios y procedieron a atacarlos física y discursivamente (algunos con pintura naranja en El Ojo que Llora, otros llamando a la Plaza de la Memoria de la PUCP la Plaza Capuccino).

Si he entendido bien, los puntos alrededor de los cuales gira la discusión de un posible Museo de la Memoria son los siguientes: primero, ¿qué debería contener el Museo?; segundo, ¿quiénes decidirían el contenido de las salas y las exhibiciones?; finalmente, ¿le interesa a la población un Museo de la Memoria o es algo impuesto por un país extranjero? Hay quienes se han adelantado a señalar que son los sectores cercanos a la defensa de los DDHH quienes monopolizarían el contenido del Museo dejando de lado a los militares, mientras una reciente encuesta de la Universidad de Lima ha indicado el gran interés de la población por el mismo, incluso más que un TLC con Chile, lo cual desbarata el argumento de quienes señalan que la gente prefiere vivir en el olvido. No es que no se haya avanzando en la ejecución de las recomendación del Informe Final de la CVR y en la investigación y recordación del periodo 1980-2000. El Informe Final ha sido puesto on line, se ha reeditado el Hatun Willakuy con notable éxito editorial, contamos con un Centro de Información para la Memoria Colectiva y los DDHH sobre el periodo, la muestra Yuyanapaq ha dejado de ser temporal para convertirse en permanente, hay monumentos a las víctimas (algunas, como El Ojo que Llora, de acceso restringido) y periódicamente se celebran ceremonias de recuerdo a los que fallecieron en esos años infames. Más allá de eso, quedan algunas preguntas flotando: ¿es factible la construcción de un Museo de la Memoria en el Perú? ¿cómo contribuiría su construcción al tan ansiado proceso de Reconciliación? Para intentar responder estas preguntas hemos consultado a cinco historiadores que se han especializado en la violencia política y la memoria, y que van a tratar de brindar una aproximación al tema y plantearnos nuevas preguntas.

contra-la-memoria-contra-el-olvido-tasha-fensteinTamara Feinstein (Universidad de Wisconsin, EEUU). Como historiadora, estoy completamente de acuerdo a favor de un Museo de la Memoria en el Perú, y no solo por el provecho que ello representaría para nuestro trabajo académico. Algunas de las explicaciones presentadas para rechazar la donación alemana me parecen un poco absurdas, como aquella que sugirió cambiar el donativo para otros fines y destinarlo para combatir la pobreza. Así no funciona la ayuda internacional, y eso lo saben los políticos. Otros argumentos en contra son más complejos y problemáticos, como la falta de consenso sobre el período de violencia. Al igual que en muchos otros países de América Latina, la memoria sobre la violencia contemporánea en el Perú está muy fragmentada y es conflictiva, y representa distintas visiones políticas y experiencias en relación con la violencia. Bastaría con haber asistido a la marcha “Fujimori Culpable” en la Plaza Dos de Mayo que se llevó a cabo el jueves pasado y escuchar las amenaza de los fujimoristas contra los vocales, para presenciar la intensidad de dos distintas memorias del período: una que presenta a Fujimori como criminal infame, y otra con Fujimori como salvador de la nación. Por ello, pienso que un museo sería provechoso para abrir un espacio institucional en donde se pueda desarrollar una discusión a nivel nacional.

contra-la-memoria-contra-el-olvido-luis-salcedo-fotoLuis Salcedo Okuma (Universidad Nacional de Córdoba, Argentina) La palabra “museo” genera expectativas y suspicacias. Erigir un museo es hacer física una forma de recordar. La pregunta que surge es “¿cuál(es) memoria(s) dictaminará(n) la línea del museo?”. En los últimos años en la Argentina hemos visto la construcción de numerosos museos de la memoria, en la ESMA, y acá en Córdoba: en antiguos centros de detención como el mismísimo Cabildo o actuales colegios secundarios. La memoria oficial en Argentina se entiende no como una búsqueda de reconciliación sino todo lo contrario: “Ni olvido, ni perdón” es lo que se arenga. Lógico, la brutalidad de la última dictadura militar hace que las víctimas y sus allegados así lo comprendan, y de ellos son ahora las voces dominantes de la forma de recordar que impera en el país. Sin embargo detrás de esa justa reivindicación de memoria se esconde un uso político innegable. Los museos, espacios donde la memoria se hace visible, muy visible, son esencialmente políticos. Es pues, lo más correcto que sean plurales y democráticos, aunque a veces las posiciones de memoria sean irreconciliables.

contra-la-memoria-contra-el-olvido-emilio-foto1Emilio Candela (Pontificia Universidad Católica del Perú). Creo que sí es factible y positiva la construcción de este Museo. En principio, porque los museos son espacios en los que se preservan y difunden objetos que representan la actividad humana, en sus diversos aspectos. Un Museo de la Memoria nos mostraría elementos para comprender por qué nuestro país vivió una etapa signada por la violencia, y cómo los peruanos pudimos enfrentar esa amenaza y derrotarla con el esfuerzo de todos. Creo, pues, que una de las notas más resaltantes de esta hipotético espacio debería ser el resaltar que se venció a ese enemigo; es decir, dejar de lado una visión totalmente negativa del asunto, y mostrar aquellos factores que permitieron acabar con el terrorismo. Mi posición es clara: este Museo debería ser un espacio en el que se muestre una visión del conflicto sin sesgos ideológicos, para lo cual creo que debería invitarse al Ejército a que participe, y de esa manera sienta que la sociedad no los condena sino que reconoce su esfuerzo. La principal función de este espacio sería  preservar el recuerdo de aquella difícil etapa de nuestra historia, pero sin dejar que una posición ideológica (como la que se dejó notar en el Informe Final de la CVR) sea la que prime en la constitución del mismo e influya de manera determinante. Finalmente, tal vez este Museo no debería ser edificado en Lima, sino en Ayacucho, que fue la región más afectada por la violencia.

contra-la-memoria-contra-el-olvido-javier-fotoJavier Puente Valdivia (Georgetown University, EEUU) Lo que sucedió en el país entre 1980 y 2000, debe no únicamente ser recordado, sino también discutido, y expiado. Su olvido, o la aplicación de la costumbre de barrer por encima y esconder lo que quede debajo de la alfombra, condenara a nuestra Nación a un trauma inexpurgable. También se han esgrimido voces que indican que el Museo seria “tan sectario” como la redacción del Informe Final de la CVR. Mas allá de que sean las mismas voces que anatematizan sin argumentar, y me atrevo a decir que critican sin leer, un Museo es por definición algo absolutamente distinto a un proceso de Comisión de la Verdad. Un Museo es una entidad cuasi-viva, que va formándose en base a una iniciativa publica o privada, pero que va mutando a lo largo del tiempo, adquiriendo una polisemia que radica tanto en el contenido del Museo –sea que contenga piezas arqueológicas, artes plásticas, o piezas museográficas no convencionales– como en las lecturas que sus concurrentes elaboran sobre dicho contenido. El negarnos un Museo es negarnos un derecho fundamental a recordar. Es negarnos la posibilidad de tener un espacio que permita acumular las piezas de un gran rompecabezas que consume la psique colectiva de un pueblo. Es negarnos, finalmente, el poder aseverar con justicia que el Perú es una Nación.

contra-la-memoria-contra-el-olvido-jorge-valdez-fotoJorge Valdez (Pontificia Universidad Católica del Perú). La factibilidad de la edificación de un Museo de la Memoria, en principio y en teoría, debería ser una pregunta retórica en cualquier sociedad que intenta ser democrática y plural. Sin embargo, existen una serie de dificultades para la construcción de un Museo de la Memoria en el Perú. Aún vivimos en una sociedad post-conflicto y existen heridas abiertas y víctimas que han decidido –en un derecho que debe ser respetado – guardar silencio. El problema no es que el museo sea deseado por la mayoría de la población en una encuesta o en la opinión pública, pues el argumento contrario sería válido también, lo importante –a mi parecer– es que se entienda que existen “memorias” en plural que no van a coincidir entre sí incluso sobre el mismo hecho histórico, y también existen “amnesias” sobre qué y sobre todo para qué recordar. Exponer –recordar– un momento doloroso, como muchos de los horrendos crímenes cometidos durante el Conflicto Armado Interno peruano, no sirve de nada si no hay un reconocimiento del resto de la colectividad y un pedido de perdón por nuestra responsabilidad social, además de las responsabilidades penales que deben ser esclarecidas y sancionadas. Leer comentario completo, aquí.




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