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El poeta en el laboratorio: una semblanza de Lévi-Strauss

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La muerte de Claude Lévi-Strauss (1908 – 2010) hace poco más de un año fue un acontecimiento en sí mismo. Se trataba, después de todo, del último sobreviviente de una brillante generación de intelectuales franceses que había revolucionado las ciencias humanas, y cuyos postulados eran abrazados de manera más que entusiasta por miembros de disciplinas afines. Aun cuando los medios y las publicaciones académicas se esmeraron en rendir tributo a quien por más de medio siglo había marcado la pauta en la antropología occidental, no es menos cierto que su muerte puede ser considerada como un hecho anacrónico.

Como ya lo mencionamos, si no todos, la mayoría de su generación había muerto décadas atrás, cuando se encontraban en el pico más alto de sus carreras. La longevidad de Lévi-Strauss, en cambio, no solo le permitió un retiro del mundo con excepción de contadas apariciones públicas sino que fue la mejor forma de probar cuán duraderas habían sido sus teorías. Y aquí es donde el legado de Lévi-Strauss cojea. Si bien se reconoce al estructuralismo como una de las corrientes más influyentes de los últimos tiempos, sus obras se discuten como parte de una línea de pensamiento a la que se asume ya superada.

Aun así, su obra –por supuesto– merece ser leída y revisada. Y el nuevo libro de Patrick Wilkens, The Poet in the Laboratory (Penguin, 2010) busca llamar la atención sobre esa dimensión poco conocida de Lévi-Strauss: la del autor que se esconde detrás del académico. Tarea difícil, según se desprende de la lectura de las primeras páginas del libro, y que ponen en evidencia el desgano de Lévi-Strauss por ir más allá de lo estrictamente académico. A diferencia de muchos otros académicos, no hay mucho en su obra que pueda siquiera permitir leer entre líneas y descubrir aspectos de su personalidad. Hermético a más no poder, lo último que se le hubiese ocurrido escribir sería una autobiografía o sus memorias, que lo expongan del mismo modo que él buscaba hacer con las tribus que examinaba.

Colin MacCabe ha escrito una demoledora nota a propósito del libro de Wilkens, en el que expone un cuadro completamente desconocido del antropólogo francés que se instaló en una tribu amazónica en los años treinta para descubrir los oscuros mecanismos que esconde nuestra mente. He traducido la reseña de para que sirva como un estímulo a acercarse a la obra de Lévi-Strauss y del estructuralismo, que tanto influyó en los historiadores en los años ochenta –cuando el contacto entre antropología e historia prácticamente borró las barreras entre ambas disciplinas– y que indirectamente sigue gravitando sobre nuestro trabajo, al menos indirectamente.
 


 
El Sumo Sacerdote de la antropología

Entre su libro Tristes Tropiques en 1955 y De la grammatologie de Jacques Derrida en 1967, Claude Lévi-Stress se posicionó en las Humanidades y las Ciencias Sociales occidentales de un modo en que ninguna otra persona lo hizo antes. A diferencia de la filosofía o la crítica literaria, su disciplina, la antropología, no estaba dividida entre un enfoque “anglosajón” y otro “continental”, y la promesa de un método que pudiese analizar los procesos fundamentales de la mente humana eran inicialmente pausibles.

Desde el inicio, Lévi-Strauss sostuvo dos tesis, separadas por la lógica pero unidas en sus propios escritos. Su gran idea –fruto de una amistad cercana con Roman Jakobson y forjada en el exilio en Nueva York durante la guerra- fue que tanto el mito como el parentesco debían ser analizados a la luz no de una relación social ni física sino de los procesos más elementales de la mente humana. El establecimiento de la diferencia –la diferencia entre animales con o sin cloven hoves, decía- estaba dictado por la necesidad de organizar el mundo en función de pares de oposición binaria. Esta reflexión se construyó sobre uno de los más grandes descubrimientos de la lingüística en el siglo XX: antes que analizar los rasgos positivos del sonido a través de un infinito continuum, el lingüista ruso Nikolai Trubetzkoy y sus sucesores simplemente se enfocaron en las diferencias (entre la “b” y la “p”, por ejemplo), que producen significado.

Lévi-Strauss sostuvo haber descubierto las diferencias fundamentales sobre las cuales descansan el parentesco y el mito, y haber producido así una combinación sencilla de oposiciones fundamentales que, según lo creía, underpin incluso los mitos más complejos y aparentemente disímiles. Los mitos eran ventanas privilegiadas hacia el pensamiento, y es aquí donde su segunda teoría entra en juego: las sociedades “primitivas” o, como Lévi-Strauss las denomina, “sociedades sin escritura”, son más auténticas que aquellas que han sucumbido a lo escrito. Desde Montaigne, y especialmente en la imagen de Rosseau sobre el “noble salvaje”, ha existido una larga tradición occidental que ha considerado como más ricas a las culturas “primitivas”, y menos alienadas en la relación hombre/mundo que en aquellas que han alcanzado la “civilización”.

Lévi-Strauss prometía entonces dos cosas: en primer lugar, un esquema combinatorio que fuese capaz de revelar las operaciones básicas de la mente humana –todo sistema de parentesco sería entonces considerado como una variación de un mismo tema, por lo que todos los mitos operarían alrededor de un conjunto de diferencias básicas-. En segundo lugar, una demostración de la superioridad de las formas de pensamiento que existían antes de la escritura; es decir, antes de la intrusión provocada por la alienación fundamental que constituyó la escritura.

Sin embargo, el dominio de Lévi Strauss sobre el pensamiento occidental se evaporó luego de que Jacques Derrida dedicara un análisis de cuarenta páginas a la inmersión antropológica del mundo de los nambikwara. Derrida demostró que la postura de Lévi-Strauss, lejos de romper con el modelo eurocéntrico, lo reproducía. Derrida demostró cómo la noción de que los nambikwara habitaban un mundo distinto y mejor antes de la escritura reflejaba un largo prejuicio occidental que ignoraba el modo en que cualquiera sistema de lenguaje reunía las mismas características del sistema escrito, al que Lévi-Strauss consideraba moderno. Las tribus del Amazonas no disfrutaban una relación con su entorno más directa ni inmediata que el antropólogo occidental tratando de persuadir a las jóvenes a romper con los tabúes tribales.

Derrida no solo demolió la apreciación sentimental de Lévi-Strauss hacia las tribus amazónicas, pero le dio una estocada a su proyecto “científico”. La lingüística estaba basada en el descubrimiento del fonema, el elemento básico de la diferencia sonora, a partir de la cual el lenguaje cobra significado. Incluso los mitemas empleados por los antropólogos dependían de la interpretación.

La biografía de Patrick Wilkens apenas menciona a Derrida, y por lo general falla al abordar el tema del proyecto intellectual de Lévi-Strauss, pero tiene mejor suerte al descubrir al autor detrás de su obra. La imagen que emerge es sorprendentemente poco atractiva. Lévi-Strauss se nos presenta como un intelectual burócrata oportunista, siempre dispuesto a inclinarse ante el poder, y poco interesado en su propio trabajo, a menos que esto le signifique escalar posiciones que, pese al magnífico imperio que significó su construcción, no dejó herederos ni sucesores. En sus primeros años, su trabajó dependió de un estrecho diálogo, con Jakobson, Georges Dumézil, Émile Benvenista y Jacques Lacan, pero una vez que su carrera despegó –fue, de lejos, el más exitoso de los estructuralistas- parece haberse aislado intelectualmente del resto. El análisis de los cuatro volúmenes de Mythologiques, publicado entre 1964 y 1971, emerge de alguien cuya vida parece haber sido herméticamente sellada. Él hacía contacto con el mundo solo cuando lo denunciaba: en 1979, él votó contra la admisión de mujeres a la Academia Francesa.

Los pasajes más interesantes del libro se encuentran en las partes en que Wilcken sigue al joven Lévi-Strauss en la búsqueda de un trabajo en Brasil y a la expedición que lo puso en contacto con los nambikwara y que dio lugar a la parte más importante de Tristes Tropiques. Wicken también ofrece abundante información sobre el accidente que llevó a Lévi-Strauss, veinte años después, a escribir la que sería su obra más famosa, luego de haber sido rechazado en su intento por entrar al Collège de France, y que lo llevó a considerar una carrera como periodista. Tristes Tropiques no solo hizo de Lévi-Strauss un nuevo tipo de celebridad, sino que consolidó el “giro antropológico” que constituyó el suceso más importante en las humanidades del siglo XX, y que hizo de cada cultura un potencial recipiente de significado.
 

Créditos: La foto de la cabecera proviene de aquí

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José Ragas
Soy Ph.D. en Historia por la Universidad de California, Davis y Mellon Postdoctoral Fellow en el Departament of Science & Technology Studies en Cornell University. Mi investigación se centra en la formación de sistemas biométricos y tecnologías de identificación. Para conocer más sobre mis investigaciones, pueden visitar mi perfil o visitar mi website personal: joseragas.com.
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